Skip to main content

Full text of "Daniel Munoz 1885 Cristina"

See other formats


III)S(JI1K,I() IMÍ ll^ IU)W,\N(;i'¡ lili UKH! 

DMínMij .nruÍH >/ 

iXA\S(IN UAI(HASi:ii 




r 

* A 

vV 








1 M K'! i >i |\1 , i ’ VI ) 1 M ■. 



h 

l' 



((•AmV' ' ' ' 

' ^'1 tniüioN t-- 

' }, ' ■ ‘ í. ' i'í A 



.•} 

i.k 



MONTIÍVIIJKU 



Librería Nacional de A. Berreiro y Ramos 

CAI.l lí 25 IJK MAYO NÚM. 






' I *■ ('y 

.s: 



I 



I 





A mañanu (iskilm, traiuiuila, y 

,,, ^ sonriente eonio si lii iiatiiirnlewt. 
'' ) . i' iPÍ*> 

,i>ubi(*.s(; ([uernio iisoeiiii'Siüll ni- 
’h ,;/ '''''' ¡ií'<»('ijü á (Jilo sft t'/utrefcalui la 
eiudad (ni ii(|U(:d (lia noiniiievi. Km una, 
p' de esas miuwiaas de Marzo, serena y tiliia, 
I- env'iu‘.l(,a en tules diálanos de bnumis azn- 

ludivs, entre Ins euale-s se. dilnijaliini enii 
cierta, va^'iieilad los e.oiitoruos de. las casas, de los 
á.rlio!(!S, de la,s lomas ((ue cierran (d liorizonte ¡lor 
el lado del Kerrito, mi('‘utra.s (iiie (lei e.ostailo del mar 
se confundían allá á lo b'-jos, en nii mismo Unte, el 
manto del cielo y el dorso de. las a.í>:niis dormidas 
liajo la calma, 

Kmii las nueve de la, mmuiiia. na eindad estaba en 
idena actividad, cm actividad biillaiiíínem de. los (lias 
festivos, llenns las calles de fíenle, solire todo la del 
.Sarandi, cauce en (|ue se (uienjona la eorrionte Iiiuim- 



1 



6 CKISTINA 



na en continuo vaivén, (‘.oino si fuera iiiiue.Uu la Hola 
artéria que liga al Montevideo aniigiio (Um un nio- 
tlerno ensanche fuera de imirallas. 

En la Plaza Oonstitucion era iiu'is activo el moví- 
miento y más hullicioso . Por toihis las aceras se 
veían grupos do señoras (puiihan á la Matriz, tiuyas 
empinadas toixes hendían la atmñsfera azul (\ue eu- 
volvia á la ciudad, i'evei'herando en sus cápalas de 
porcelana los i'ayos del sol radiante (lUe. doraba tudas 
las comizas y pretiles de las azoteas. 

En el Cabildo, se Inicia el relevo de guardias al 
sóu de tambores y cornetas, preseneiaudu las evolu- 
ciones un grupo de curiosos, miéntras que por las 
veredas diagonales de hi Plaza, continualia el ir y 
venir de paseantiís y devotas, q.ne at'.udiiin al ttnnplo 
llamadas por los repiques alegres de las eamyanas, 
cuyos ecos poblahan los iiii'o.s lion zumbidos metáli- 
cos, como si un enjambre de coleópteros inmensos 
remolinease sobre la ciudad . 

Sobre el empedrado , proyectaban sus sombras las 
copas de los árboles, que se dibujaban como tapice.s 
negros bordados con lentejuelas de oro, ibnuados 
por los rayos del sol que se fíltrabau por entre el fo- 
llaje. Bajo uno de esos árboles, frente á la iglesia, 
estaba reunido un grupo do jóvone.s (pui conversaban 
alegreme.nte, interrumpiéndose á cada momento para 
saludar con nna cortesía á las señoritas (pie aciuliaii 
al templo. Eran todos jóvenes de la buena sociedad 
dé Montevideo, como se echaba de ver por la elegan- 
cia de sus trajes y la delicadeza de las mancnis c(ju 




CRISTINA 



((lU! ju;cioiial)iUi en su animado diálogo, al que ser- 
vían de ienia las niñas que pasaban, bromeándose 
unos á otros sobre las preferencias que aquellas ha- 
cían al wmtestar los saludos. 

K1 que más bromista se mostJ'aba era Alberto 
Oonde, Imen mozo, joven de 22 á 24 años, de tez 
morena ,y o, jos negros, á <piien sus compañei'os de 
rueda; trataban en vano de devolver las l)romas que 
él Ies daba, defendiéndo.se con su comph'to retrai- 
miento de paseos, tíiati'os y tertulias. Efectiva, mente, 
tiempo bacía, ([ue no se veía á All)erto en ninguna, 
rennioii, y sus mismos amigos se liabian estrañado 
de (iiicoiitrarlo aquella. ma.ñana. trente á la Matriz, 
¡nuito (le reunión de todos los jóvenes (íue tienen no- 
via, d(!Vota ó (lue a,spiran á. enconti’arla entre la.s ipu^ 
acuden á la iglesia. 







Ka lo más nninmiio de la i-iiiiver-n''iiin 
asecUando todos á .Mberin para espliear cíhIu cual á 




8 



CRISTINA 



SU iimiiei'ib la causa ociilta de su i'cli'iumiciil.o, (•umido 
apareció por la misma acera ini (|uc (dios (‘slalian. 
una jómi vestida de iietj¡TO, de (‘sLatura imuliaim 
auníiue esbellii de c,ucr|m, liacienilo sombra, á, sus 
ojos negros una pluma, negi'a tambicii, (lUc, rodeaba 
su elegante soinlirent. (¡aminaba con la adrada baja, 
como si abatiese sus párpados el ))oso de las pi‘.stíi,üas 
largas y (íuar<iadas <pie los (Vangeabau, pero al llegar 
cerca del grupo de jóvíuies levantó los ojos, titidieó 
un momento como liaeieiulo iuteiim’oa de atravesar la 
calle, y temiendo sin (luda iiue lo atribuyeran á de- 
bilidad, siguió por la misiim acora, r.orrespoiidiendo 
cüii una amable sonrisa al elusivo saludo (pu' aque- 
llos caballeros le lucieron. Alberto a,eonip¡u‘ió el sa- 
ludo gunend tíaudainentí' y siguió i\ la ,niúa (malos 
ojos basta que ósta atratrnsó la calb‘, subió la esca- 
linata de uuümiol (pie e,oii(liice al átrio de la, Ma,(,ri/ y 
entró al templo por la nave central . 

— Está monísima Cristina, dijo guiñiwuio (A ojo 
Carlos Geutuno, uno de los jóvenes del grupo. 

— ¿Quién es Cristina? preguntó Alberto (pie pa- 
recía salir de un letargo. 

— Cristina Ceña, mi amigo, le imutestó Carlos, 
una polla que reeien se pn;seid,a, y (pie será este 
año la reina de nuestros salones. 

—■¿Hermana de ? 

—Sí, hermana de lílina y (Ui todas las otras (pie 
til conoces. Ya ves (lue no degenera la raza, pues 
desde la madre hasta esta iiltima, todas las Peña son 
lindas y elegantes. 



Y ftol)re e.s(í tópico siguicvon los jóvenes conver- 
sando durante, im rato, prestando Alberto nmdm 
atención á lo ¡lue sus amigos decían. , 

Las csimpanas ya no repicaban, y la aíiuejicia de 
devotas disminuia en las aceras. Debía haber prin- 
cipiado la misa, y los jóvene.s, pasado el interés del 
desñle, se dispersaron en distintas direcciones, si- 
guiendo la mayor parte de ellos Inicia la calle 18 de 
.Inlio, donde la íeria estaba ú esa hora eñ su mayor 
animación. 

--¿No vienes, Alberto? dijo uno de los que se 

retiraba al ver (pie tpiedaba en el mismo sitio. 

-Nó; contestó aipiél; tengo tpie hacer algo por 
aiini, pero cu seguida los alcanzo. 

Quedó allí hasta (pie sus compañeros llegaron á 
la esipiina del Cabildo, y en seguida, como si hubiera 
estado violento por la demora, atravesó rápidamente 
la calle y entró á la Iglesia. 

Comenzaba la misa cantada. Las- altas bóvedas 
del templo repercutían con sonoridad los acordes 
graves del órgano, que acompañalia los cánticos mo- 
nótonos de los sacerdotes. Por bm claraboyas de hi 
(nípula entraban chorros de luz morada, verde, azul 
y amarilla, rayos de sol teñidos por los cristales (lué 
atravesahaii y en cuya luz revoloteaban millares de 
puntos luminosos, semejando esas burbujas (pie pro- 
duce la fermentación del carbono en la dorada trans- 
parencia del Chumpiu/ne. 

Las naves laterales estaban casi desiertas, y los 
pasos de Abierto resonaban solire el enluzado, des- 




10 



CRISTINA 



pertando la ateiician de las enriosíis que se. v'olviao 
al mido de iupiellas pisadas i»rot'a.uas (lUe. I.iirbalian 
el pláeido sosieg'o del Templo, llu eeule'aav de sefio- 
ras y niñas poblaban la nave, <;e,ii(ral, tollas de rodi- 
llas, siguiendo im sus libros los rezos qui'. los sa.- 
eerdot.es entonaban en el altar ma.yor, sobre euyo 
retablo oscuro se destiieaban las luees de lo.-i eirios, 
amarillas y tristes, eomo avergonzadas aut.e el vivo 
resplandor del sol que entraba ;1. tonontes por las vi- 
drieras de la cú])ula. 

Alberto se detenia en c.iida uno de, los áreos i|ne 
separan las naves, miraba atentamente, il las mujeres 
y como si no encontrase d la. iiue bnsenba, seguía 
adelante, basta iine a,l llegar al último arco, quedó 
eon la vista fija sobre una mujer que estaba aislada, 
<lebajü del pulpito, o.on la cabeza iueliuada., los ojos 
entornaibns, Tuoviendo imperceptiblemente los labios, 
iniéntras que recorría eon cierta indifeiauie.ia las pe- 
<ineñas cuentas de na rosario db inn.rlil que tenia en 
liis manos. 

La misa entretanto continuaba. Ib-es sacerdotes, 
resplandecientes bajo sns casullas recamadas de oro, 
olieiaban ante el altar. Ora se ponían en lila bumi- 
•Kando la cabeza, ora con las manos abiertas sobre 
el misal, salmodiaban los rezos eon sus voces gan- 
gosa.?, acompañados desde el coro por los chantres 
que contestaban con notes robustas y sonoras, euyo.s 
ecos crecían en las concavidades de las bóvedas, pro- 
longándose por largo rato. 

Alberto Conde no veia nada de lo qiuí pasaba en 



OKISTIN A 



n 



su toriKj. Con lu vista iija sobro aquella mujer arro- 
dillada debajo del púliiito, sejíuía todos sus movi- 
mientos con obstinada persistencia, atrayendo sobre 
si líi atención de las otras devotas (pie cucliicheabaii 
entre si como protestando contra la irreveremcia del 
■joven. 

Los acólitos pasaron el cvangóAio de la derecha á 
la iz([uierda del rJtar, sentáronse los sacerdotes en 
sns tallados sitiales tapizados de rojo, el órgano pre- 
ludió acor'des llenos de armonía, y los fteles se pu- 
sieron do pié, miéntrius las señoras se arrellanaban 
. sobre la alt'omljra en esa postura, especial cpic las 

polleras ocultan bajo sus misteriosos pliegues. 

Cristina también se sentó, y al hacerlo reparó en 
aiiuel jóv(sii (pie la miraha íijameute. ilajó la cabeza, 
, sonrojándosele las mejillas, é inconcientemente se 
■ puso á recorrer con movimientos nerviosos las cueti- 
•tas de sn rosario. vSin mirar, ella adivinaba (pie tenía 
'Sobre sí. el fueg(j de aípiellus ojos negros cuyo brillo 
la había sorproiulido (ui el rápido encuentro de sus 
miradas. Ya .no retratal)a su rostro aipiella plácida 
■trampiilidad (pie basta eutónces había mostrado. Es- 
taba desasosegada y couliisa, dejiunlo adivinar (j[ue 
forzadamente hacía por no mirar liácia (d lado , en 
q,ne estaba Alberto, (piieto, inmóvil, apoyado en un 
confesionario, y ageno á todo lo (pie en derredor 
tenía. 

El órgano continuaba sus inelodias variadas, sal- 
tando (le un tema á otro, mientras lo.s monacillos 
preparaban á.un lado del altar las viiut.jeras para el 



12 



CRISTI N A 



offerforinin-. VolvÍPron á avvtiililliii'sc lii,a dcvutas, 
calló la música, los sacerdotes se iiiisierdu de pié y 
entonaron nucvanumte sus cáiiticds nasales, (!r¡sti- 
na pernianeció sentada, (mino si temi('se al eaniliiar 
de postura encontrar de nuevo ¡uiiudlos ojos (¡ue (dlU: 
sentia (pie la alirasalian (mu (d Huido de miradas ar- 
dientes. El templo (|ue,(l(') en silencio durante alp'ii- 
iiüs minutos. Solo se, oía la tos cascada, de una, vi('ja, 
cuyo éco r(d)ota,l)a de una lióveda, á. otra., como si el 
mido íúese despertando otras toses rlormidas en las 
concavidades de las naves. 

De 3'epente, sonó una. camiiauilla,, dando tres to- 
(lues acompasados. Todas las oyentes imtlinaron la, 
calieza y se fíolpearon el peclio con los (halos apiña- 
dos. Los sacerdotes, prosternados a,nt,e (d altar, oeiil- 
taban sus cabíizas detra.s de las' casullas doradas, 
niiéntras los monae.illos, de rodillas taiiubién, les 
levantaban las faldas de las eapas preciosa, mente re- 
camadas. Al ruido de la (•.a.m])a.uilla, (’rlstina se, puso 
de rodillas con un movimiento nervioso, como si d(',s- 
pertara de un ensueño, ,y se (mtro»'ó con fíirvor á la 
oración. Alberto permaneció) iminisible, eomo si no 
se diese cuenta del sitio en ((ue, se emmatvabii, absor- 
to en la coutemplaeion de a(iuella niña, euya vista 
había despertado en <11 Síuitimi entos desconocidos, 
(pie no acertíiba á esplicarse,, pei’o (pie, lo enclavaban 
con fuerzas supíjriores á su voluntad. 

El sacerdote oficiante levantó en alto con sus dos 
manos la hostia consajírada, la bajó después lenta- 
mente, y poniéndose de rodillas, humilló la c,abeza 




CRISTINA 



13 



(íontni el [uinizuelo de biitistii que cubiia el altar 
Ija campauilla volvió á sonar con tres toíines distan-, 
ciados, y volvieron bis devotas ó, prustermu'se con- 
linmildíul, repitiendo los golpes de pecho y ciiclii- 
cheainlo las oraciones apresuradamente como si te- 
mieran <p:iedar retrasadas. Kii seguida, el sacerdote 
practicó con el cáliz las mismas evoluciones que ha- 
bía hecho con la hostia: lo levantó, lo bajó, oró sobre 
él con la calieza inclinada, y bebió su contenido apu- 
rándolo hasta las heces; y á cada una de estas actio- 
nes, sonaba la campauilla con toipies lentos y tristes, 
<pie avivaban (;l íorvor de los líeles contritos y cabiz- 
bajos, como anonadados ante el recuerdo del sacri- 
flcio que aquella ceremonia simbolizaba. 

Cristina seguía con recqjiiniento todo.s los pasajes 
de la misa. Parecía haber recobrado la. calma (pie la 
pfersistencia de las miradas de Alberto había alterado 
por un momento, y su óvalo conucto se destacalia 
con iiálidos eouturno.s sobre el íbiulo negro de su tra- 
je. Estaba bellísima en a(]uel1a actitud, algo incli- 
nada la cabeza sobre el liomliro, perdida la mirada 
entre la niebla dorada ipie entraba por las anchas 
claraboyas de la media naranja del templo, palpitan- 
do acompasadamente el contorneado seno, prisionero 
dentro de una ajustada bata bordada de azabache 
(pie modelaba el busto prominente y el delicado talle 
de mpuilla niña. 

Al pi-otiindo silemno (lue reinaba durante la cere- 
monia (le la comnuion, siguió una viva y ruidosa 
animación. La campauilla ya no tocaba triste y me- 




CRISTINA 



' 14 



tiófconíi, sinó (HU'. n'in.tiu(>.lx‘!il)a ali'íi'i'ciiicntü; los sa- 
cerdotes se pusieron depié, el c.oro resonó con tomni- 
tes de ariuüuíus, y los iueensarios se cnliinipiabau 
agitadamente mostrando sus luasas encandecidas, y 
despidiendo nulies de, incienso (pi(‘. vela, lian la. morte- 
cina luz de los cirios. V cntim los cánliic.os de los sa- 
cerdote.s,:y las a.rinouias ded órgano, y el rcpiiiueteo 
de ias campanillas, y las nulies aznlada.sdid imdetiso, 
apareció en el imuiio del retablo la c.nstodia,, como nii 
sol (le ovo, laitlejando ea las la, tudas de sns rayos to- 
dos los cambiantes ile las laces rojas, azidtís, \'enb‘s 
y amarillas tpie se <leiTaniaba,n tl('.siU! lo alto dt' la 
cúpula central senutjandt) una lluvia de arco-iris. 

(lomo aliviados dt', nn peso moral, levantaron los 
fiebis las cabezas y sti arrellanaron eon comoiliilad. 
Volvieron á vesonar las loses seeas c.ompriniidas du- 
rante el sulenmti momento de la c.omunion, jigitún- 
tlüse nuevamente los abauieos, y revivieron en el 
templo todos los ruidos apagados. 

Cristina so arrellanó también, y al hac.erlo, ca'imó 
con Alborto una mirada, vaga prinutro eoino el res- 
plandor (le una hoguera tpio empieza á artlttr, iiero 
que á medida qmí ,se prolongaba se Tuzo más intensa, 
tija, proftimla; una de esas nürada.s en tiiie los ojos se 
buscan en, las pupilas, y que al encoutnirse hacen 
brotar aristas de luz que se proyeetan ]iasi,a eotiñui- 
dirse en un solo rayo, alambre invisible por el cual se 
trasmite el fluido que la paKsion engendra en los mis- 
teriosos laboratorio.s (kd organismo. 

Un minuto duraron atjueDas miradas, hablándose 



CRISTI NA 



15 



en un mudo pei-o elocuente lenguaje todo lo que el 
amor sabe decir cuando por primera vez despierta á 
la vida. Después, ella, como fatigada por el clioqiu' 
rindió la cabeza, abatiéronse los párpados sobre sus 
ojos, y quedó ensimismada, dejaralo caer- de sus ma- 
nos el rosario con que sus dedos jugueteaban. Alber- 
to permaneció fijo, con la mirada brillante, deslum- 
brado todavía por el rayo de luz que luibia iluminado 
su corazón. 

La misa tocaba á su fin. Ijcyendo en un misal co- 
locado sobre el atril, el .sacerdote salmodiaba el Pa- 
• di'e Nuestro, y al terminar se volvió bácia el audito- 

rio cantando con voz destemplada y gangosa: No nos 
mineas in tentationom; á lo (pie los chantres del co- 
A ro contestaban acompafiados de los acordes del ór- 

gano; liham nos á tmlo. Los monacillos dejaron 
descansar en tierra los altos candelabros que mante- 
nían izados miéntras el ofleiante recitaba sus rezos; 
después los sacerdotes limpiaron prolijamente el cáliz 
cubriéndolo con una carpeta bordada de oro, leyeron 
en voz alta el evangelio, y haciendo una reverencia 
ante el altar, se retiraron, levantando dos de ellos 
las puntas de la capa del oficiante, precedidos de los 
dos monacillos que llevaban candeleros altos, y se- 
guidos de los otros tres vestidos con sus sobrepelli- 
ces blancos. 

Las devotas comenzaban á retirarse poco á poco. 
Me persignaban, hacían reverencias ante los altares, 
y salían por las grandes puertas que se abrían como 
mamparas de luz al estremo de las naves, miéntras 




(:il organista se eiitretonía en iuuenizar el deslilt' eini 
escalas y arpegios caprichosos, desdií los tiples con 
chillidos dos olloe, hasta, los gra,ve,s con dulzuras (*1<! 
clarinete, prolongándose todos los sonidos (Ui iiim 
melodía vaga coiiio las iiuIhís de incienso que. llotíi- 
han en las coneavidadíís de las hóveilas. MI sacilstau 
enta’etanto, e.on una caperuza de, lata. suJííIu. en la. 
punta, do una hirga, c.aña, apaga.ha los e.irios qiu‘ ilumi- 
naban el altar y los pá.hilos earhoniziidos limiieahan 
tristemente, desi)idieudo (sse olor es])er,ial de eiTa, 
derretida. 

Cristina Sfigiiía sentada en el mismo sitio, e.mno 
aprisionada por las mmwhis de Alberto, para, quien 
.nadaluihía eamhiado. No ,se hahín. a])e,re.ihi(hj de que. 
la misa e.stal)a terminada y (pie. d 1.eiii])lo ilia quedan- 
do solitario. Desde ((iie vió á (Jri.sl.ími, todo se Imhla 
horrado para él, y en su ahstraecion solo vida desta,- 
carsela figura de a.(piella mujer para él de.scouocida 
media hora áutes, y (pie desde el inoineiito (ui (pie 
tropezó con sus ojos Ihiiiulia ya toda su existeucia y 
despertaba en él aspiraciones y esperanzas ¡pie nunca 
había sentido. 

La campana de la torre empezó á llamar con t,o- 
(pies sonoros y acompasados para hi próxima misa. 
Las campanas zumbaban en, el templo (!ou vibracio- 
nes (le bordona, y á su eco volvió (íristiua de su en- 
si mismauiiento. .Miró en torno suyo eonia .sorprendida 
de verse casi sola, y al encontrarse sus ojos con los 
de Alberto, los abrió (lesiuesimidameute como (piien 
ha creído estar soñando, y al despertar se enciuuitra 



CRISTINA 



17 



('.011 Iti realid'ad de su sueño. Eii seguida, se puso de 
l)i(i, y lentamente, eomo si le costara arrancarse de 
a.(piel santuario en rpie acababan de florecer sus pri- 
meras ilusiones, se dirigiii al cancel de la nave cen- 
tral, seguida de Alberto, cuyos pasos resonaban en 
el enlozado y repercutían las bóvedas con ecos claros 
y sonoros. 

(luando Oristina apareció en el dintel de la gran 
ligerta del centi'o , entornó los ojos como deslumbra- 
da por el sol tpie reverberaba en el empedrado de la 
calle y abrillantaba el enarenado de la plaza. Abrió 
el abanic.o, y liaciendo del en varillado nna celosia, 
(pie sombreaba su mirada, bajó la escalinata y siguió 
por la calle ítuzaingó baste la de Rincón. 

Alberto la siguió con la mirada basta la estiuina, 
espenuido la coiiíirmaeion de una esperanza ¡lue aca- 
riciaba con temor, pero enando Cristina al doblar 
l)or el ángulo de la calle dió vuelta la cabeza en la 
dirección en (jue él e.stalxi, pareció que todas sus du- 
das se disiparon, y ctnila mirada perdida en fantás- 
ticas visiones, se dirigió liácia la calle del 18 de 
dulio, donde lialjía, pronietido á sus amigos alcanzar- 
los. Pei'o no luibía andado dos (madras, (mando oyó 
(pie de la otra acera lo llamaban; 

— Ebl distraído, ¿á dónde vás á estas horas tan 
preocupado ? 

- Precisamente iba á busc-aidos á ustedes como 
les prometí. 

— Pues vas tarde, le dijo Carlos Centeno, y como 



18 



CRISTINA 



(jueremos festejar tu iusiuT(U;i'.i(»i, le i'iuluir^'iimos 
desde yn por todo ol dia. 

— Es que yo teuf>-o . . . 

— No tienes nada «lue hacer, hiass uiuistro. Ñus 
vamos ahora á almorzar á la (’oulil, liria Orioninl, á la 
tarde iremos al Paso dol Molino, y á la iioiilu;. . . 

— Ya sabes que yo no voy al Uiutro. 

—¿Qué teatro ni qué tontería!^ El fj¡'mu suceso ih- 
tí.sta iioclie es ol últiiiio bailo de máscaras que dá id 
<Jlub; allí tendiús oea.siou ilo oouoc.er á aquolhi niña 
que vimos liaeii un rato íroute, á la. i»'losia. 

— ¿Vil? pre'.'untó Alborto sin iil.revcrso á, decir 
jiuls temeroso de que la voz traíc.ionase su omociim. 

— Sí, va,, le contestó (lárlus. Esta uoclie so [ii'o- 
senta por primera vez en un bailo (Irislinn, Poiui. y 
de seguro que Vii á dar golpe, 

Y jaraneando sobro el bailo, y sobro la,s coiuiuistas 
en perspectiva, onizai'ou los jóvenes la [daza en di- 
rección á la calle del 25 de Mayo, saludando do puso 
il las conocidas que volvían de la loria con ranms do 
:|azmiiies y de rosas, deteniéndose con ouriosidiid en 
las vidrieras de la Oiinau y do hi Vigniiau, cmyos sa- 
lones estaban poblados de imiuiipiios, lii.iósíLineiito 
ataviados con los vestidos de cola que por hi riocho 
ostentarían en ol baile fiel Plid) bis imls Itormosiis 
imifere.s de Montevideo. 






II 



á LiiRim) ('onde era hijo Vmico, Iiuérfano du 
, madre desde su niñez, y en él luibia con- 
’’ .centrado todo su cariño su padre don Ra- 
" ñud, persona (pie f^ozaba de general 
estiimuiiou. I’o.seedov de una fortuna más (pie regu 
lar, don Raíhel Conde continuaba entregado á lo.s 
negocios con actividad, á pesar de <iue frisaba ya en 
los sesenta, ávido de dejar á sn hijo una posición 
holgada é independiente, y á medida que avanzaba 
en edad, i'cdoblaba sus esfuerzos, temeroso siempre 
de rpie la muerte lo snri>rendiese áiites de dejar ci- 
mentado sobre sólidas bases el porvenir de Alberto, 
cuya débil contestura era el continuo tema de sus 
l)veo(;npaciones. 

Algo efeetivamente habia en Alberto Conde que 
Justificaba los temores de sn padre. .lóven, inediana- 
moTite rico, sin más tutela (pie la do don Rafael, cuya 
autoridad estaba debilitada por el ciego cariño que á 
su hijo proíesab.'i, hubiera podido éste llevar una vi- 
da bnlliclusa y alegre, á que lo convidaba la compa- 
ñía de sus amigos, más ó méuos calaveras como la 
genera.lidad dt; los jóvenes. Pero ni la libertad de 



20 



CRISTINA 



que g-ozal)a, ni las facilidades d(i dinero, iii las ti'ii- 
taciones de los amigos, frun'ou uuiic.a bastantes á 
arrancarlo del retraimieiito en ((ue viviui. No ('.va, nn 
misántropo, pero liabia cierta tristeza (Oi su lisotio- 
nüa que retrataba nna luuula afección moral () el 
génneii de alguna dolencia (pu! lentanient(! minaba 
su organismo. 

Por lo díiinás, cuando alternaba con sus amigos, 
era espansivo y hasta jovial, pero aún (m medio de 
sus espansionos dejaba traslucir aíiuel tinU'. (h; l.ris- 
teza qu(i' daba simpático inUíriis á su lisonomía va- 
ronil. 

Aciuel Domingo en (lue por primera vtiZ vió á Cris- 
tina, notaron en él sus amigos fi'i.icmmtüs ti'a.nslbi’- 
niacio,iuis. Ora convm'Síiba, (¡on más l(.icua(iida,(l (pie 
de eostnmln'C, ora (piedaba cnsimiHinado con la vista 
fija, como si una idea pevsistento lo aislase dt! todo 
lo que le rodeaba. Varias veces hizo rodar la conver- 
sación sobre (-si baile de la .nocdie, y c.UH.ndo sus ami- 
gos lo bromeaban sobre la insistencia con (pie volvía 
sobre la fiesta, trataba de desviar el tema como con- 
trariado de dejar traslucir su ansímlad. 



A las doce de la noclie, los alrededores díd Club 
bullían de animación. Por todas las calles (pie des- 
embocan á la de Tnalniu y Trm Iban y venían eti- 
rrnajes á gran trote, iiiiéntras que por las aceras 
caminaban ap.re.surndamentü numerosas máscaras, 
rebujadas en sus tapados, riendo y diarlaudo, salu- 
dándose unas á las otras con nombres lanzados al 




CRISTINA 



21 



azar, sin más fiinclamento (lUc el modo de andar, ú 
el cüi'Ui del talle, 6 una prenda del vestido. 

En la puerta del Cluli, luüda una ag-lomera(;iou de 
curiosas que esc.udriñaliau todos los trajes y cuclii- 
cliealiau entre, si coumnicáudose el resultado de sus 
observaciones. — lista es fulana — Esa otra os ziita- 
;ua-, y á cada una le sacaban de paso una tira sobre 
su belleza ó la elegaiuda del traje, como vengándose^ 
de no poder baccív ellas lo cpie las otras. 

Dentro, reinaba una animación bnllioiosa, coníu- 
sion de voces en lalsete, risas disfrazadas, tiroteos 
de bromas más 6 inénos aventuradas. En el vesbibir 
lo se agrupaban las máscaras que todavía no lialiian 
eueoutrado compañero pai'a entrar en los salones. V 
á cada minuto, seguía aumentando la concurren C5ia) 
que se apiñaba en la escalera, estreclia para dar paso 
á aquella avalancha de gente ansiosa de divertirse. 

En una do las puertas (pie conducían á los salones, 
babia un grupo de , jóvenes (pie preseucialiau el desllle 
(le las parejas, deí'eudii'iudose al mismo tiempo de las 
bromas dci las máscaras que á la pesca de un eompa- 
liero, trataliau do interesaiios prometí tíudo les intere- 
santes relaeiones sobre sus intimidades. En a(piel 
grupo estaba Alliertu Conde, y él era el principal 
blanco de todas las bromas. 

-V.(^,ué núlagro, Allierto? ¿Cuándo i'esiicitasteV 

— ¿De dónde sahis? Me habiau dicho (pie te ibas 
á meter de monje. 

-¿Por dónde saldrá el sol riuiñana? 

Y así, unas tras otras, repetían todas el mismo 




CRISTINA 



•J-J 



■estribillo, sin (íoHs(íí>-nir dislriun- hi. iile.iii'.ion de Al- 
lierto, qne (í.síiudriiutba con iU’iilnz á todas las (]U( 
[lasaban, nui'ándolas ni los ojos (|no lirillalian por 
(iutre los 'agujeros del antifaz. La aiiiniar.ioii creeía 
por todas partes, (ais salones estallan Imne.liidos de, 
eonenrrentes y se haría dillcil la, eireulaeion. Los 
acordes de la orquesta nitrahaoi jiot' ráfagas y se apa- 
galian en medio dcl voc.e.rio eliillon de, las máscaras 
que se lauda, n más a,])'n!in ¡antes y parla urliina,s e.xci- 
tudas por el calor y el Imllic.io de, la lie.stu,. 

Alberto estaba dosasos(‘.g'a,do. Ila,c,ía más dti una 
hora ([ue permanecía de pié en e.l va,no de. la, puei-ta,, 
y á pesar de la j,ii.sisteneia ron (pie, lia,bia e.va,niinado 
<á, la,s máscaras ([ue desfila.ban ¡mr delante de i'd, no 
babia, e,nconi;,ra,do á, la única (pie, le in(.(‘r(>,sn.ba iMit,re, 
,a(jnellos centena, res de mujeres elegaiitim y hermosas- 
Kn aipiel momento, cruzaba delante de fd su amigo 
( 'Arlos Centeno, engolfado en un anima, do diálogo 
<•,011 lina másrara, y sin [loder eontener ya su impa- 
<-iencia, Alberto se le mmrc.ó y toniándnle de un bra- 
xo, le (lijo al oído: 

— (¡No la lias visto? 

— ¿A quién? preguntó (Virios. 

— A la de esta mañana. 

— Ah! ¿á Cristina,? N 6 ; no la lie visto; y dirigii'm- 
<lose á su compañera le [ireguntó; 

— Clié, máscara; ¿no lias conocido entre las piire- 
ja.s á Cristina Peña? 

.-ÓSí, la acabo de ver en el salón grande. Por eier- 
.to'ípje estaba muy entretenida con. . , 



CRISTINA 






Alberto Jio quiso oir iiiús. J)iri”;ió uiui niinula iio- 
uetrauto il la (‘.omqañeríi do, (’-árlos, y se retii'ó jmu'o 
al volverse, cambió de resíducion, y acei'cáiuloso 
unevameute á la tiareja, le dijo á su aiiiis'o: 

— ('arlos (!,iue perniites (lue baile esta [diiza con lii 
conqiañeraV 

— Si Cilla ([uiere, y iio lo toma á desaire, resymidió 
(Virios,... iior mi liarte no ((iiiero ser mi iueonve- 
uieiite, 

— fl><',es, uiá.scai’a':' interroí>-ó Alberto. 

La comiiaúera. de (Virios titubc'ó un mommito, y 
contestó des[mes con una vocecita aginia y (‘sroii- 
dieudo los ojos tías del abanico. 

— Nó; esta iiieza tió. liii otra, 

■■ ()/l’e esliere ai(uíV 

-Esiiérame que yo misma vendré- á Imsearte. 

Y aiguic) del brazo de (Virios, miéntras Alberto s(‘ 
arrinconaba de nuevo junto á la imcírta, mirando eou 
indiferencia il lo cine en su torno pasaba. 

La liesta estaba cada vez más animada. Las muje- 
res superabumlabaii y se iiaseabaii á j'-riipos, dete- 
niéndose ante los caballeros que pennaimeiaii como 
meros espectadores, tratando de, piearlcs la eiiriosi- 
dad con un nombre ó un reeue.rdu. 

—(¿lié bates ahí tan rallado? ¿Estás todaiva acor- 
dándote de Luereeia? 

— No, bija, yo uo me preocupo de historia autij^ma. 

--Te estás pouieiulo viejo. 

■ (jué quieres! ’^'a ves tú que van coTridos algunos 
años desde que bailaba (•ontigo en el Baile 



21 



CRISTINA 



La l)romist,!i, s-.iliíi. c.uvridii. ó ilia ú (íiisayar sus pu- 
llas con. algún otro. 

■ La música apeiuis se aliña jiaso iioi' eulii'e el hulli- 
cio. Era iinposilile liiular eu lueilio ilel geuUn (|ue 
hencliía tollos los salones. En los solaes, im los si- 
llones, eu las sillas, en (Iñude (|ui(‘ra (|iu' liahia, un 
íisiento, seveiau apoltronadas máscaras gruesas, nm- 
tidas dentro de ániplios domiuós, abanieáiiilose, jior 
(leliajo (lelas barbillas délos a.ntiíác(!s. El cuadro era 
animado y vistoso con los trujes de (.udoiais vivos, las 
pelucas empolvadas, los (••apidchosos lionel.es, y e.(')lias 
(L, las imlscaras de caráctei'; ¡uiui una aldeana, allí 
una manóla, acullá iina íimnzona,' más ullá una vi- 
vandíU'a, y por dminiera, trajes liisl.úrie.os, c.n.rae.le.ri- 
zamlü épocas, personajiís y c.ostninlires, t.oil(.) njviudto 
en la nuls anaeró.ui(!a y antiiioda (íoul'usüm, re, unidas 
(ui una misma zona una an(la.luza con la mantilla ter- 
ciada y una laponesa forrada en pi(des, c.onveryaudo 
animadamente jMaría Kstuardo con .áiila, y riendo (Ui 
la mejor intiinubwl una I-ieriuana (hs (laridad con una 
mora judía. 

Los salones se prolongalmn reprodinudos (Ui los 
espejos como galerías interminables, retratando todos 
los detalles de la escena; las parejas, los trajes, las 
sonrisas, los ademanes, c.omo euadroseu ((ue las ligu- 
,ras tuviesen movimiento, aeliicándose á cada r(',iiro- 
(Inceion basta (juedar hombres y mujeres inducidos á 
las proporciones de muñecos (pie gesticulan como mo- 
vidos por resortes'. 

Alberto esperaba entretanto impaeiomte, la niúsic.a 



CRISTINA 



hal)iu calliulo y el buUic.io da las c.ouYei'sadoiu'.s cra- 
cía (MI los aiiiiuad(is diAloy’os sobn.*, (lainbios do com- 
yaíieras. I.*oi' tiu iq)a\'Coió ('ái'los coii su iiic,óf>'iiita, dol 
brazo, y parándose fronte á Alborto, le dijo: 

Va vos quo somos do palabra; aqní tienes á tu 
ooinpañOA’a. 

Alberto la tomó del brazo, y se int(irnó con olla 
(Mitro la ooní'nsion do las parejas, sin deoir una pala- 
bra. Ella liié la que rom[iió ol silencio: 

--|j,No luis ene, mitrado todavía á la, niasoarit'i iiiie 
busoalias ooii ta,iito atan? 

(b'co que sí, oontestó Alborto, y al decirlo, sin- 
tió que el brazo de sn ronqiañoni, se aí’itó coa nn 
temblor nervioso. 

Nuevamente (lumlaron callados. La onp'iesta pre- 
ludiaba una cuadrilla, y algunas panqas trataban de 
organizar el baile. Alberto fnó solicitado para formar 
en el cuadro con su compaiiera, aunque contrariado, 
accedió al pedido. Empezaron las íigurns al compás 
de una músioa briosa y alogre que dominaba, ol bulli- 
oio. Ijiis parejas so saludaban, liaoían sus pasos y 
madanzas y volvían á sus imostos, (inodando onoerra,- 
das dentro do niia mnmlla linmana, oomimosta do cii- 
i'iosos y curiosas (pío seguiau las evolucioiios de la, 
danza. Alberto esta, ba preocupado, sin conseguir ver 
los ojos (lo su comiiaiuira, (|ue so los ocultaba coa 
graciosa,s ooiiuotoría,s, como goziVndosc do mortificar 
su curiosidad. 

En un momento en (pie separó de él para luicer nn 
saludo á sn fA-d,-/'Aq Alberto la siguió eon la mirada 



examiiuindola cou inn:Í8toucÍJi,, y al volver á tomarla 
del brafio, le dij(j en vo;; baja: 

— Acabo de eiuiontrar á la niásciirii íiue. Imsealja . 
Aliora tengo la seguridad de ([lui es l;i, misma. 

— ¿Sí? interrogó ella¿dóiid(! está? 

— La tengo en (!sto momeido tomada, del brazo. 
Ella no contestó nada,. listaba dese, abierta,, lira 
efectivamente (íri.stina, (|iie a,leiieioimda jan' Oárlos 
Centeno se había entret(iiiid(j en a,vivn,i' la impaca'emahi 
(le Alberto durante dos hora,s, e.(!(lien(lo á e„sa, satisía,e- 
cion natura] (lela|)er,soiia.(iue, se sabe, buscada e,ou in- 
terés, Por su parte, til, al invitarla, á bailar, liabia 
procedido iircifitixivameute, llevado iiiú.s por iin ur- 
rampe instintivo (|iui por la, sos|)e,eJm de (pe, fuese 
ella. Eecíen ouaiido la tomó dcil brozo ,\' la sintió 
estreiuecei'se al deeirlti (lue creía, halmr dado (!on sii 
mc()gnita, fiié tpui le (uitró la duda, duda (pui st( 
acentuó ante los esfuerzos (pe tilla hacia, por ocul- 
tarle los ojos, ra,sgo tan mare.ado (jii su (isoiiomia 
(pie por si solo bastara para reconocerla entre chin, 
Pero cuando la vió caminar tioii acuella gracia y 
señorío tpie había distinguido en tilla al tincuiitrarla 
por primera vez, ya todas sus dudas se dtisvaueeierou 
y no titubeó en decírselo. 

■ Cristina (iuedó oalhula y nada hizo por deft'.ndtirse 
tíiguió bailando, y al terminar la cuadrilla, Alberto 
la topó del brazo internándose hasta el fondo del 
gran salón, donde raleaban las parejas, ahuyentadas 
de allí por el calor sofotiante (pe reinalm en atine 1 
rincón. 



CRISTINA 



Kn torno crecía d bullicio y la aleíi'iía. La,s awlas 
brillaban íl la luz de las arañas rdbíjando sus vivos 
colores cu los c,airdc,s (luc titilaban cmi todos los 
(■ainbiantcs d(d iris, pasando de un inaüz áotro, como 
pasan de una á otra, li.iíura las piezas de viti kalcidos- 
<'ópio. Las mujeres, íatip;adas por d baile, y acalora- 
das con d antilaz, s('- abanicaban a.fi;itadamente, de- 
jando entrever por debajo d(i las ba.rbillas d(! la care- 
ta los aiTa,niiU('.s dd caedlo, d busto palpitantis, las 
orejas rojas, y los ojos brillaates como eufijastados cu 
la seda, ne<>'i’a (pie les cubría el rostro. 

Alberto hablaba il su compañera con vivacidad, y 
día lo escuchaba con la cabi'za indinada, atento d 
oído á sus pala,bvas como si no ipiisiese perder una 
sola nota de una melodía que poi’ primera vez oía. 
-,( 'Uáiitas cosas le decía él (pie eran nuevas ]iara ella! 

Cristina sentía (pi('. su sér se t.iuusformaba y com- 
prendía (jue aíjudlo era la vida, Ui luz, las alas (piii 
le brotalmn il la niña pa,ra (pie la mujer volase (sntre 
los encantos y las ilusiones de la. pa.siou. Aípiella ]ia- 
labra ardiente, a, nbelosa, creaba en su sér un nuevo 
mundo ([ue nacia de entre la nada de sn inoeencia 
envuelto en alboradas de rosa. Era el soiilu creador 
dd amor (pie luuse brotar la luz de las tinieblas, y 
modela en la niña indiferente la estatua de niia, mujer 
a.pasiümula, como el ciinail hace surgir de iiii blotpie 
inerte la estátua, viviíiciwla por el arte. 

Alberto y Cristina babian llegado á olvidarsís d(í 
todo lo (pieles rodeaba. Cirabaii en un inapieño cir- 
culo entregados á su jmsion, sin, a.pm'cibir á bis parejas 




28 



CKISO?IN A 



que cnizaljcUi pov su ludo, ip'iiulimiiitc oiisiniisiuadas. 
Aquel ei'ii el riucoii do los (Uiiuiionidos ipu', huían 
del mido de lus sulones y sobre, (,odo de l¡i,s linmias 
incesiuites con (pie las otras niúsrurus se veiip’iibaii 
en su ULshiinieuto, luiijeiT.s (pie va.g’uu entre el bulli- 
do con el coruzüii vado, envidiando ú las ricas d(' 
amor, como los pobres envidian á los ríeos de dinero. 

Los antifaces enipezal)a,ii á eaer, aparec.ie.iido una 
tras otra las primeras belhizas do Montevideo, c.oino 
aparecen al caer la nocltc las (jstrellas de (¡riiinma 
magnitud. Era una transforimieion (anitiima. Lanl- 
deaiui (pie se íiiigía vulgar apai.'eda e,onio una priiiee.sn, 
llena (le gracia y elegancia; Aida era de una blancura 
deslumbraiite; la muñóla se troeaba (ui una (sriolla 
picante, y al poco rat(» todas liabiaii vuelto i'i su prís- 
tino estado, desomliamziulas d;d iPoiiótono antifaz 
que hace todos los rostros iguales, y realzada la 
hermosura por la agitación de la, fiesta; todos los la- 
bios sonrientes y rojos, las narices sonrosadas y pal. 
pitantes, las mejillas eiieeiididas y los ojos fulguran, 
tes desplegando sus rayos eonio (hísplhignu sus alas 
los pájai'üs al verse Ubres de la jaula (¡iie, los aindsio- 
naha. 

Cristina era una de las pocas (lue permanecían con 
el antifaz puesto como temerosa de que su rostro re- 
tratase las emociones que oinhargahau su espíritu. 
Estaba enamorada. En su corazón inocente y virgen 
de toda pasión, las palabras y las miradas do Albeilo 
habían engendrado una nueva vida (pie ella sentía 
inundaba todo su sér. Era el amor, ([iie no nace y 



CRISTINA 



■’ll 



(•rectt i):i.ulatin¡uueut(u', (11110 el cariño, siiió (|ue suvfíe 
(le relíente adormido ya d('- todos sus eiieantos eoiiio 
surgió Minerva de la ('.alie/a de díiiiitcr, annada, y iiro- 
(iriendo <i,'ritos de s’uerra. Cristina, S(', seiitia, invadida 
por una fuerza, estraüa (lUe despertalia en (día las (*,s- 
peranzas, los delirios, los celos; todo ese turbión de 
sentimientos encontrados (pie se punza, u entre si y se 
aviva,u alimentando la, savia de la pasión. 

Kn a,(pudla,s dos horas de intimidad, Alberto y 
(h'istina, se lialiiaii dicho todo lo (pie podia,n deidrse. 
Idl la había hablado con el lenp:ua.je apasionado y sin- 
cero de (piien por primera vez se siento enamorado; 
con ese Iciipuaie (pie no miente y (pie na, (lie puede 
(injir, pues mulie es tan hábil cóiiiieo para reproducir 
las maiiiíestacioiies ineoucientes del amor (pie se re- 
deja en los ojos, culos ífostos, los imi.s núninios de- 
talles, hasta en eiertas infíenuidades (pie fuera dc,i esa, 
sitiiaciou de ánimo serian eonsideradas como ton- 
terías . 

KjI lia,ile enijjezaha. á, palidecer. Las parejas se ra,- 
leaha.n poco á, poc.o, la. e.ii'culacion se lueia rm'is Iludí, 
se liailaha con más a,miditud. lais máscaras p'riiesas, 
acantonadas en los sofaes, laiiííiiulecíaii visihleiueii- 
te; era.n e,'uard¡a,s (pií', desc,ui(laha,u la, vip,'ila,neia. Los 
. a,l)a,nieos se movia.n (mu cierto autonmtisino ('(imo si 
solo eonsei'Vasen el movimiento de impulsión (pie se 
les había dado. De repente, emindo la, onpiesta daba 
un fi’olpe seco, a(iuella,s c.abezas lán;¿,’nidauumte incli- 
nadas se endereza,ban eomo por resortes, y los aliani- 
eos (mbrabau nuevos bríos, pero poco después vídvian 



30 



CKISTINA 



las cabezas á caer solire el i)B(!ho y (iioMlahan los aba- 
nicos atlormecádüS muivameiiti!, iiioviéndoso apenas 
como se mueven las coi)as de. los ilrlioles e.ou la brisa 
suave (le las tardcís de verano. 

Por entim las rendijas (b; los baltíones empezaba á 
filtrar una claridad pálida, indecisa, como si temiese 
con su presencia intori'umini' bis ale^'i'ías de la fiesta. 
Los salones stí depoblaban rápitbimeide y bi (‘scaltsra 
era estrecba para vaciai’ bi e,oncnn'encia i|ue s<; a^^'lo- 
meraba en el vestíbulo . 

Unos tra.s otros lloo'aban á la, puerta did Club los 
carruajes estacionados en los ali'edeilore.s, y partían 
'en seguida confimáiíudo e,a,rg'am(mtos de smla, tules y 
encajes, einl)alaje do la, auu’caiicia más preeJada, y 
más cara. 

• Alberto acompañó á (Jidstnia hasta la portezuela 
del (!íUTiiaj(i y allí la dejó, olvidándose eii su tur- 
bación de saludar á la madre y luiniianas de la niña. 
¿Qiuí le importalia á él do todo el resto de, la humu- 
' nidad? El carruaje iirraucix á gran trote,, y él lo si- 
guió con la mirada basta (pie. lo perdió d(5 vista. 

1 En esa contempbudon lo sorprendió Cárlos (dente- 
■ no, y en tono de broma le dijo : 

— Lástima que todavía no se hayan iiivimtado ca- 
potas de cristal para los carruajes! 

Alberto se pasó las manos por los ojos como si 
quisiese borrar una visión, y entró .nuevamente al 
Club, tropezando con las últimas jiarejas que salian, 
Los salones estaban vacíos, .sembrado el , piso de 
girones de tul y, de flores marchitas, como restos de 



CRISTINA 



anuas ([110 (¡uc(lii,]);ui s<il)ve el campo de acción, lais 
luces d(í o'jts amarillahaii c.uno cicio.s, rctratóudos'c 
(iii los espejos con sus teinlilonis mortecinos, mién- 
tras los músicos (ml'uiidaliaii sus instruimmtos y se 
retiralimi pálidos, desencajados, con nira ilo ahn- 
nidos. 

Al (lia siguiente, la crónica social esi)lot,al)a como 
tenia, de noveilad la iífon^wr((d,'í. de Alberto (bmde y 
(b'istina Peña. 



>> 





« • '# 4» « « » 



m :% « 



m 






Y '. IMr-, i!r>.|iili-'. . I.!-. íKiMli*', lie ,\ llii'l'l o V 

* \ { ti II M't l'i'l II ¡s;( l'ji limliji, |jj[ 

, pi,J' ''‘'« ifíiiui, «uilit lie iimcttiulcs, a|u‘- 

»!>'■ >f tiriiiiíd ii i!i‘ i'lli» m'ik'i ¡mni lijai' la 
li'i ¡Mí ítcl . ijiiirii iiííiattiralia i(!ii' la ci'i'i'- 

Hj.ifHíi »í- i'lfriiíat til aijiii'l liiiaiaii ittvíi'rnu, ()iii(*u 

Ii.il-.I I(iis- MU ■ real: /aria hiialri i'timit'il/.u.s th'l ill’in 

|(t •iVliUu, 

-SI* Iialiiii lniti,s|iti‘iiiail(i, ('ciniu imtlior ilc 
!«•» niiilt'o liijtiH líi'l Hi*iiai‘ iWia, Iinliiii v¡vi!l() lumia 
filis Vfittlí- fUitiH i’utlcuiladr* miiiitwy jirnfin'tniciHS, (itic 
i41ii rt'üittiiiíi [mííui(li) ¡Kit' (uiittK iuíjiIíoh ilcshaest' iitiis 
tlíilrt' li» itm'íinuíldi! dt» sus ¡milfes, wm usas gazuiofiii- 
i'laM y ¡immuii'iis di‘ ijiii' tanto so pajt'ii c.l caiifio. 

Hitiiia sido lo niña ¡ifotliloclii, <(iizmiilo de iodos 
los í'iU'l'os ([itf rodoaii ó Ifi liíjit (Ir la njt'.;, (¡iio os co- 
tilo id tUihiio vinculo lino filatt los imilros á la vida, 
y conronli'tni Olí el todns sus afoooimios con la iiiis- 
iiiii ávido/, con lino id jui'iialoro so oiioai’iúa 0,011 la 
nltinoi inoiiodíi do sii .stilaido. ICdiioada tni oolciílo de 
Horitiítiias lio ('índdiid, ('ristiini IihIiíii 11oi>'íuIo d seo 
iiiiijor sin «líioso oiioiita do olio, ontroitcada al cariño 



CRISTINA 



•Xi 



( 1 (‘ SUS pulilvs y H l¡is exuUiicioiKís de un niistieisinu 
iiiiinuiti'. (|Ui‘ ('lia l.fadiu'iii tni frívulas práctieas de- 
votas. más aitaraiosas ([Ue concieiites ; al/,^0 (;iue era 
('11 olla más (Uvorsion ([ue umi devoción, entretenién- 
duso ('11 acicalar las inu'i^’eues que dimorabaTi las pa- 
rt'dt'.s de su alculia, pequeño nido siempre iierftimado 
y (lesluiiilirnute de blaucurii, quo liaría á la vez de 
dormitorio y (le santuario, y cuya entrada era per- 
mitida á una que otra de sus amigas predilectas. 

Desde la noche del hailc, Cristina empezó hacer 
una. vida más retraída dentro de su propia casa. Solo 
hacia socieihul en familia en las Imras precisas del 
almuerzo y de la comida, y aíui cu esos inomeiitos, 
permanecía abstraída, eoiiio si no cinisiese distraer su 
pensamiento del recuerdo de Alberto. Itetirada en su 
alcoba, iiermauecia allí horas tras horas, entregada 
á sus ('iisiieños, c.oii gran resentimiento de sus vírge- 
nes y santos para quiénes no bahía ya ni naa sonrisa 
ni una lloi', ni aipiellos adornos con t],ue antes se 
comiilacia en acicalarlos. Ya no la distraían sus mu- 
ñecos divinos, absorta como estaba en el culto de 
una (Uviiúdad nueva, tangible, (pui ella sentía agi- 
tarse en todo su sér. 

Por la tarde, empezaba reden á pveoeupai'se de su 
jiersoiia, Se adornaba con esmero, ensayaba sus to- 
('.lulos de diversas iiuuieras, so convertía ella misma 
en ídolo d(' su culto; uo quedaba unuc,a satisí'ecba dti 
su iU'.av'io, hasl.a (pie la urramuiba de aquella contem- 
plación ('.l redoj (pie marcaba la única hora que en to- 
do ('1 diada pr(,'ociipa\ui. A las ocho indeí'ectibleiuentf' 



3-1 



CRISTINA 



i'iitrabii Alberto (le visiiii. Cristina lo i'(‘(ñliía cnibar- 
«uda por la (imue.iou, fiotno atp,'o tiue, e.siu'mlia cutre 
alegrías y zozobras, llena d(! iniiuiibutles sitniipre por 
uii minuto de rcítardo . ,La visita, era para ella, nada 
más (lucpara ella. Lo es])eraba sentiula en e.l lialo.on, 
teniendo á su lado la silla (pu! (ú debia ocupar, sin 
darle tumipo más (pm para saludar á. sus paclnís, con 
•ese egoísmo propio dcj los eiminorados (pus (tuieniii 
(íoneentrar en sí basta la mirada más iiulirereiitíí. 

Y allí, (iii el balcón, Juntos ios dos, Imbiaban sin 
•cesar, sicnipití solu’o ed niismo tema, renovándolo siu 
interrupción, preguntándose diez veces lo mismo (pie 
(,)tras tantas se habían pregnntiado la lundu'. anterior, 
y repitiendo mañana lo (pu‘, hoy se lialiiaii die.lio, con 
síse empecina, mhmto egoístn, d(! la jiasiou, (pie miiuiu 
se cansa (U') hablar de si misma,. 



Entretanto, las impiietudes del padrts de AUaulo 
aumentaban dia á día. Evid(mtenient(! su hijo dtscaía 
de una manera visible. A(piel tinte de. tristiíza (pie, 
reflejaba en su rostro un dolor interior, se aeentaaba 
cada vez mils,’ y hasta su canlctei' se. transformaba. 
Apacible y eoiiíkvstíendíente de costumbrii, empezaba 
á manifestar cierta irastíibiliflad duscouoíida en ál. 
Ija minima contrariedad lo cxaspíjniba, y si se le con- 
tradecía en cuahpuer punto, replicaba con exaltación 
y (lescomediniiento. A las cariñosas inainuadones de 
.sn padre, contestaba Allxírto con ■setpiedad , iiTÍtán- 
dolo más que nada los cuidados de que se veía rodea- 
ndo. El bueno de don Rafael se pasaba las noches en 



vela, alavnuulo pov la tos seca (lue entrecortaba el 
sueño (le su hijo. Larga ludia tuvo ([ue sostener con 
él el anciano para (pie se prestase il un reconociiiiicu- 
to luéüico, pero pudo más la constancia del padre, y 
al íiii consintió Alberto en ser reconocido, protestan- 
do sin embargo (pie aipiello eran chocheces de viejo, 
(pie él nada tenia, y (pie se sentía mejor (pie nunca. 

Poco satisfactorio deliió ser el resultado de la con- 
sulta, pues don Eatael redobló sus cuidados, y revis- 
tiéndose de euei'gía le manifestó á Alberto (pie era, 
necesario cuidarse, y obedecerlas prescripciones dic- 
tadas por los facultativos. Alberto sonrió, y continuó’ 
empecinado en ¡pie nada tenia, apesar de (pie dia por 
(lia se aceiituabau niás eii todo su organismo los sín- 
tomas de una enfei'inedad terrible. 

Pl'abía perdido el apetito, y todas las arterías de 
(pie don Rafael .se valia para alimentar á Alberto, se 
'estrellaban en la capiicbosa’ voluntad de éste, (pie 
parecía gozarse en desbaratar las cariñosas tretas 
con (pie el padre pretendía vencer sus resistencias. 

Por último, como supremo lucurso, decidió don 
Raibel avistarse ('.on los padres de Cristina, para vei- 
si la influencia de ésta lograba lo (pie ni el cariño 
ni la autoridad paternal babian conseguido. Nada, 
ocultó el anciano á los padres de la prometida de su 
hijo, y alarmados éstos emn lo (pie oyeron, hicieron 
comparecer il Cristina, y velando basta donde era 
prudente la verdad, le dieron claramente á entender 
(pie Alberto no estaba bien. 

Rai-a ('i-istina, aipiolla conftdencia á medias, fué- 



ORISTINA 



:!(> 



tuda uua rovidadou. Klla se lialiúvaiHuribido ya del 
(Uicaiiniciito d(i Alberto, |it‘.ro eu el ('íí'oísuio de su pa,- 
sion, liabíii iitrilmido aquel ('.ambio al amor que su 
prometido le tenía. Al eaerle la venda, de su alucina,- 
cien, quedó e.onsternada, y (me,e,rrada (Ui su nle.oba se 
pasó todo td día llora, ndo, llena id alma de iVmebre.s 
presáfí'ios. 




(blando Albm'to l’ué por la, notdie, la e.neoutii'ó pá- 
lida y triste, sentada en un sola de, la sala, Msta,ba, 
contra la eostnmbre, sola, y Alberto di'sde la entrada 
eompiv.ndió (|ue al<,’'o "'raye, la preocupaba,. Pero cuan- 
do supo la cansa de su tri.steza, cuando ella, con los 
ojos brillantes de lágrimas y el a,c,euto entrec.()rtado 
por los sollozos, le ])intó su atlir.tdon y le, rogó que se 
cuidase, él se cebó á reir, y tomándole una nmno 
con cai'iiio, le dijo ; 

> — -K,stas son las arttu’ias de papá,. Kl pobre viejo, 

no sabiendo ya de (iu6 oimparse, lia inveuta,(lo esta 
enfermedad para mortiiic.arine con sus eaidados. No 
sea,s apnmsiva, y halilemos de lo que Imblamos todas 
las nodies. d\i prohíbo (lue vuelvas á toear (¡se asun- 
to ípuí ya me tiene cargado. 



CRISTINA 



---Ptíro, Alberto iiusistió ella. 

■—Te repito (pie no hables más de eso, dijo Alber- 
to interrumpiéndola y con tono a'»'riado. 

Ambos (piedaron callados. Áipiella petpieña discu- 
sión Inibia coloreado el pálido semblante de Alberto, 
y respiraba aceleradamente, con la boca entreabierta, 
como si la exaltación lo lmbie.se fátig'ado. 

Orí.stiua no se atrevía á mirarlo; lloraba silencio- 
samente, herida por el tono con cpie Alberto la había 
hablado por primera vex, él, tan suave, tan cariñoso 
siempi'e con ella. El mismo se apercilñó de su injus- 
tifltíada exaltación, y tomándole niuivameutfi la mano 
le dijo : 

— l’erdóname. dhi he diídm no sé cuántas iniperti- 
uencic'is sin saber lo (pae decía. Me tiene papá tan 
fastidiado con esto de que estoy enfermo, que cada 
vez (pie me hablan de ello me exalto. Oreeme, Cris- 
tina, que yo no tengo nada. Son cavilacione,s de mi 
pobre viejo, (pie apenas toso, ya me cree grave. 

Y sonriendo añadió: 

— Yo padezco, sí, pimo de otra dolencia (pie ya se 
ha hecho crónica, contra la cual es impotente la cien- 
cia. — ¿No te atreves tú á curarme? 

Cristina sonrió á su vez. .Ella sabía bien á cpie en- 
fermedad se refería Alhe.rto, y embriagada en las 
intimas couíidencias (pie su pi'oiuetido le liada, olvidó 
la triste escena con (pie había empezado la entrevista. 

Salieron al balcón. Era una de esas noches templa' 
(las (le Abril, una noche otoñal, (piieta y clara. La 
luna, enorme y amarillenta, desbordaba por sobre las 




38 



CBISTINA 



azoteas é iluminaba todo con una claridad pálida, en- 
vuelta en brumas diáfanas . Desde el balcón en que 
Alberto y Cristina estaban reclinados, se veía el 
puerto, custodiado por el Cerro que se levantaba con 
su silueta negra, i’elampagueando periódicamente los 
destellos de su faro, como el ojo ciclópeo de un jigan- 
te mitológico . 

Toda la ciudad empezaba á surjir de la penumbra, 
con sus azoteas escalonadas, como las graderías de 
un circo inmenso, descendiendo liáeia la Aguada, y 
ascendiendo basta acercarse á las torres de la Matrizi 
cuyas ciipulas se bruñían con lustre de plata, retra- 
tando en sus azulejos rayos de luna que se desmenu- 
zaban en hebras de luz. 

Cristina, coir la mirada perdida entre aquellas va- 
gas claridades, soñaba en el porvenir de dicha, que 
Alberto le pintaba con cierta exaltación fel)ril, como 
queriendo convencerse á sí inismo de que todo aque- 
llo se había de realizar. No se esplicabalas dilaciones, 
que oponía la familia de su novia á la consumación 
de su dicha.' A los argumentos que Cristina aducía 
para justificar el proceder de sus padres, replicaba él 
con vehemencia, protestando contra esas pi'eocupa- 
ciones sociales que imponen al amor un noviciado 
inútil y hasta ridículo, que solo servía de tema para 
las hablillas de la gente. Desde que se querían, nO' 
había para que retardar lo que mañana podría reali- 
zarse, y sobre esto insistía con calor, como si temiese 
que la fatalidad se interpusiese á sus deseos. 

Alberto calló, fatigado por la exaltación en que lo 



ponía , aquella cíontrariedatl que él pretendía salvar 
allanando todas las preocupaciones que según él eran 
el único obstáculo que retardaba su íélíeidad . 

La noclie refrescaba, y dos ó tres veces sufrió Al- 
berto fuertes ataques de tos (pie despertaron las ador- 
mecidas inquietudes de Cristina. Empeñóse con él en 
<pie se retirase del balcón, pretestando (pie ella luis- 
ma no se sentía bien, pero Alberto no cedió, diciendo; 

— • ¿Vuelves otra vez con tus apreliensiones? Ya te 
lie (lidio que no tengo nada. Sería Iiasta de mal gus- 
to encerrarnos en la sala, cuando podemos disfrutar 
desde aquí del magnífico panorama que tenemos de- 
lante. 

Efectivamente, el paisaje que desde el balcón se 
divisaba era espléndido. Iju luna, despojada ya de 
los tules de brumas que la envolvían, brillaba como 
un escudo bruñido en el fondo negro-azulado del cie- 
lo, y bordaba el manto del mar con lentejuelas do 
plata. Las arboledas de las (piintas, surgían anuo 
moles negruzcas, entre las (pie se destacaban los 
pretiles de las casas y las agujas que coronan los pa- 
lacetes del Paso del Molino. Los cristales de los 
miradores reverberaban con resplandores de espejos, 
y las aguas de la playa, miradas desde aquella altu- 
ra, semejaban enormes planclias de acero pulido en 
cuya superficie la luna trazaba rieles plateados. Los 
ruidos de la ciudad se apagabam poco ú poco, hacién- 
dose sentir en el silencio, como trenes lejanos, el 
rodar de los carruajes. 

Alberto contemplaba todo aquello como en un éx- 



■10 



OmSTINA 



tcWis, y inirii])ii df; ciutudo en c.uando á Oristina, que 
se había, sentado e,n una, silla, y a])oya,do cd codo en 
la baranda del ba,lc,on, luinnanei'.ía con la cabeza in- 
(dinada, descansando en la i)alina de sii mano blanca 
y afilada, cuyos dedos ccsa.ltabaii sobre la luíita ne- 
gra de sus cabidlos. 

'Podas ,sas itu|uietud(ís liabía,u rimacido, y sin atre- 
ver,se ;l (íont,ra,ria.r nuevainentc á Alberto, lloraba si- 
lenciosa, iiie.nte,. ocultando sus ojos inu’a evita)’ .nuevas 
esidic.a,ciones que liubio,i'a,u pi’ovoííado la irascibilidad 
(tue su nóvi(.) niostrnba, ca,da, vez ((ue se le recoi'daba 
su enreriue(bid. 

,As¡ corrió oti'o mes, dui'a.nte id c,ual se aboudarou 
las Imelhis (lue una dolenc-ia terrible t)'aza,ba en el 
orgauisino de Alberto Conde. 'Podas las ilusiones 
(lue Olí su aeeiidivnlo eariño iiatenial se creaba don 
Rafael ¡laiu engai'mrse, á, si mismo, se desviUiecia)i 
ante la reiilidad d(í los progresos visibles del mal. 
Alberto había, cambia, do uotabhmiente. lóa piilidoz 
mate de su rostro liabia toiiiado uu tinte amarillento ^ 
los ojos empa, liados y (nrenidos de umi ,sombra azula- 
da, parecían eiitenudos (ui dos agiijei'os profundos; 
los lábios, sec.os y amémie.os, los tenia consta, ute- 
uumte enti‘(-!fibi(,iiios, y su i‘esp¡i’a,c.ioii ei’ii siempre, 
aeelemda y anhelosa,, 

Hu ca,rHctei' se a,gTÍaha, tamhien por dias. Hiihía. 
(.mi'tailo toda, relación c.on sns amigos, y ni .se tomaba 
la molestia de oc.ultar su fastidio A (birlos Centeno 
iliie asidnaiuente estaba á su lado pretendiendo ilis- 
traerlo. Kl pobre don Raliud era la víctima de todas. 





CRISTINA 



41 



las irascibilidades de Alberto. No le hablaba, y 
cuando lo hacía, era solo para recriminarlo por todo, 
por la comida, q,ne no le gustaba; por los remedios, 
que consideraba inútiles; por los cuidados que con él 
se tomaba como si fuera un niño. Bastaba que don 
Eafael le advirtiese que el aire estaba .frío, ]>ara que 
Alberto saliese sin abrigo. Si se le hacía presente 
que el cigarro le era perjudicial, fumaba sin des- 
canso. Alberto era el espíritu de contradituúon cons- 
tante: lo que para todos era blanco, era negro para 
él, y lo discutía con calor, y se exaltaba, y llegaba- 
basta los términos agrios cuando se le riíplicaba. 

Solo al lado de Cristina se suavizaba,, por(pie síjIo 
ella era la que lo complacía eu todo y asentía á todas 
sus opiniones . Ella era la única que sabía engañar la 
terquedad del enfermo. Se fingía débil para (pie Al- 
berto la instase á robustecerse, y la acompañase á 
alimentarse. Había conseguido que su prometido co- 
miese tres veces por semana en su casa, so pintexto 
de que él se cerciorase de (pie ella le obedecía, y ¡I 
fuerza de arrumacos y coipieteria ([Ue ella inventaba, 
lograba engañarlo . 

Alberto se había convertido en un niño capricho- 
so á quien era necesario reducir á lo razonable por 
medio de arterías y distracciones. Viendo (pie lo (pm 
más lo molestaba era el (pie se le hablase de su en- 
fermedad, resolvió don iiatael, de acuerdo con los 
padres de Cristina, no hacer ninguna referencia á su 
estado. Entonces Alberto tomó por tema de sus re- 
criminaciones el poco caso ipie de él hacían. Nadie 




42 



CKISTINA 



se preocupaba de él á pesar de constarles á todos que 
estaba enfermo. Don Eafael soportaba con santa re- 
signación aquellas injusticia.s, j esa .misma resigna- 
ción exasperaba más á Alberto, que se la enrostraba 
como indiferencia para con él . 

— Pero bijo, solía decirle el buen padre, ¿á qué he. 
de niolestiu'te cuando tú estás bien? 

— ¿Bien? replicaba Alberto exaltado; se conoce 
qne Ud. no se preocupa mnclio de mí, que me paso 
las noches en claro tosiendo sin descanso. 

— Pero entúnces, hijo, sigue las prescripciones 
qne te han indicado los médicos; toma los remedios, 

aliméntate, abrígate 

. — ¿Qué entienden los médicos? Si fuera á hacer- 
les caso no tendida un momento de reposo. Lo que 
Ud. debería hacer sería hal)lar formalmente con los 
padre.s de Cristina para que se dejen de ridiculeces , 
y consientan en que nos casemos en este mes. Yo me 
iría al campo con ella y allí me restablecería de esta 
molestia que tengo. No necesito más remedio que el 
campo ; estoy seguro de que en quince dias me pongo . 
bueno. 

— Pero la estación está ya muy avanzada, objeta- 
ba don Eafael, y luego casarte en el estado delicado 
en que estás, no me parece bien. Vas á condenar á 
esa pobre niña á .ser, tu enfermera. . . No, bijo, vale 

más que te atiendas y cuando te mejores 

Alberto no contestaba á esas juiciosas observacio- 
nes de don Eafael. Cortaba la conversación y se re- 
tiraba, protestando contra todos, qne parecían con- 




jurados para contrariarlo. Yivia durante el din en 
una constante irritación, y por la noclie se desaliogíi- 
l)a con Cristina, confiándole todas sus contrarieda- 
des, que ella escucliafia con ínteres asintiendo á todo 
y finjiendo compartir sus disgustos. 

Cuando Alberto se separaba de su lado, Cristina 
se retiraba á su liabitacion y lloraba amargamente, 
como si su alma presintiese un golpe fatal. Sin (pie- 
rer darse cuenta de la realidad, que ella trataba de 
ocultarse á sí propia forjándose mentidas ilusiones, 
Cristina adivinaba que sobre su cabeza se cernía una 
tormenta liorrible, algo que ella no se atrevía á pre- 
cisar, y que sin embargo entreveía como una visión 
fatídica. Aiuella idéala embargal)a por completo, y 
entregada á ella vivía como secuestrada dentro de su 
propia casa, aislada de su familia, evitando la inti- 
midad de sus amigas, enterrada en su egoísmo que 
no le permitía más que pensar en Alberto . 

Cristina también luibía desmejorado. Ya no era 
aquella niña graciosamente contorneada y de rostro 
risueño que ■ Alberto liabía visto por primera vez 
frente á la Iglesia Matriz. Su cuerpo se luibia adel- 
gazado visiblemente, y su rostro afilado y pálido, 
dibujaba huellas de una profunda tristeza. Poco á 
poco babia ido abandonando los atavíos coav que án- 
tes se adornaba para recibir á su novio . Sns vestido.s 
eran lisos y oscuros, y sus tocados de una severidad 
monjil. 

Sólo salía á la calle los Domingos, al toque del 
alba, y se dirijía á la capilla de las Hermanas de 





■II: 



CKISTIN A 



Cari(kul donde oía misa, y regresaba en seguida á su 
casa por las calles más solitarias. 

En vano porfiaba Alberto pm’tiue saliese á paseo. 
Ella se resistía siempre pretextaiidi^ ((ue no se en- 
contraba liien, ó discnilpándose c.on las tareas que el 
arreglo de su ajuar le impunía, que era el motivo que 
mejor aceptaba AH lerto, como que su premura por 
casarse aumentaba en razón directa do los jirogresos 
de su enfermedad. 

Con motivo del cumpleaños de Cristina, se organi- 
zó en su casa una fiesta de familia, que los i>adres 
trataron liacerla lo más amena posible para dÍKStraer 
á la niña de la preocupación en que vivía. Habían 
de comer con ella todas sus parientas y amigas, y se 
invitaron á alguno.s amigo.s de la casa. 

Para Alberto y Ciistina, marcaba aquella fecha, 
no sólo un acontecimiento de familia, sitió algo más 
íntimo para los dos. Hticía precisamente tres meses 
<pie se habían conocido, y como todos los enamora- 
dos, encontraban motivo en aquella coincidencia pa- 
ra forjarse nuevas ilusiones, que son como la sávia 
que entretiene y nutre al amor. 

Llegó por fin el dia. Era el 5 de Junio, dia triste, 
envuelto en nieblas grises. La casa de los Peña 
estaba en movimiento desde las primeras horas de la 
mañana, preparando todo para la fiesta que debía 
concluir con una tertulia, sorpresa que los padres de 
Crístina le reservaban, como ofreciéndole ocasión de 
que presentase á la sociedad á su prometido. 

. . Cristina permanecía indiferente á la agitación que 





CRISTINA 



en su casa reinal)a. Sin poder esplicárselo ella mis- 
ma, estaba más triste ipie de costumbre, y ui los 
cariños de sus amigas ui los regalos (pie proíiisa- 
meute le llegaban, lograban sacarla de su retrai- 
miento. Á las cinco de la tarde llegó Alberto acom- 
pañado de su padre, media liora después se sentaron 
todos los invitados, en número de veinte, á la mesa, 
que presidia con visible satisfacción la señora de 
Peña, teniendo á su derecha á don llafacd, y á su 
izquierda á Cristina, que tenía del oti'o lado á su 
prometido Alberto. 

La comida fué animada y alegre. Don Tiafael 
con su buena pasta, babia resucitado las bromas de 
su tiempo , y liasta el mismo Alberto las festejaba, 
riendo con Cárlos Centeno, á quien tenia enfrente, 
de las antigüallas del viejo. Motivo tenia el buen 
anciano para estar contento y decidor. Hacía tiempo 
que no veía á Alberto t.in animado, y hasta llegó á 
creer que la enfermedad era más iiupademña por ca- 
sarse que otra cosa. Efectivamente, Alberto estaba 
desconocido, tenía el rostro encendido, baldaba con 
vivacidad y se reía de muy buena gana. 

Solo Cristina parecía inquieta cou aipudla desusa- 
da animación. Miraba á Alberto ateutamente, y al 
notar el color encendido de sus mejillas, y la brillan- 
tez de su mirada, se entristeció más aún á punto de 
que Alberto lo echó de ver, y hablándole al oído des- 
pacio, fe dijo; 



— No pongas esa cara, poripie los convidados van 
á creer que te fastidia estar á mi lado. 






— Lo que me tiene inquieta, es precisamente tu 
agitación, Altierto. Nunca te lie visto asi. 

Alberto lo echó á broma, "y continuó hablando con 
exaltación, riendo con Centeno de los chistes de don 
Eafael, que satisfecho al ver la alegría de su hijo, 
agotaba todo el repertorio de sus buenos tiempos. 

A los postres, la animación se hizo más ruidosa. 
Estaban todos couta, jiados del buen humor que ma- 
nifestaban los mayores, y se reían con franqueza. Un 
golpe de tos cortó una sonora carcajada de Alberto 
se llevó el pañuelo á la boca tratando de contener el 
acceso, y de pronto palideció, inclinó la cabeza, y 
resbalando por la silla, rtiyo á los piés de Cristina. 



Cuando lo levantaron, p;llido, con los cabellos pe- 
gados á la frente empapada en un sudor helado, no- 
taron todos con terror una mancha de sangre sobre 
la blanca pechera de su camisa! 






m \ CHo (lias permaiieciú Alberto en cama desde 
1 ijl' g'i'í^ve accidente (pie liabia consternado á 
qne asistiei'on á la comida en casa de 
los Peña. La enfermedad se manifestaba 
ya de una manera franca, sin dar motivo á las más 
remotas dndas sobre su carácter y g-ravedad. Cum- 
plíase en Alberto la ley de herencia '(ion implacable 
rigor. Su madre había muerto tísica también, .solo 
que en ella el mal se había desarrollado lentamente, 
agravándose y aliviándose con alternativas, pero 
destruyendo siempre, cavando el micróbio sus cue- 
vas en los pulmones como mina la cai'coma en la 
madera, sigilosamente, sin dejar ver nada en la su- 
perficie, hasta que llega un dia en (pie destruidos to- 
dos los tejidos queda todo reducido á polvo. 

En Alberto , la tisis no avanzaba con esas caiit( Jas 
é hipocresías. Incubaba en su organismo por la tras- 
misión hereditaria, había esperado padentemente el 
desarrollo de su víctima, y se había presentado de 
repente, como un invasor seguro del tiiunfo, hirien- 
do y destruyendo á cara descubierta, como (piien no 
teme la resistencia. En raénos de cuatro meses se 




■18 



CRISTINA 



haliífi eiisoñereado de toda la vitalidad de AUierto; 
había agotado primero tuda la sávia de la nutrición, 
después había entorpecido los órganos d(í la nispira- 
cion, y considei’ando todavía morosa su obra, la pre- 
cipitaba haciéndole arrojar la sangi.'e que alimentaba 
su existencia. 

Cuando se levantó Alberto, parecía ({ue había pa- 
sado por él tollo un año de sufrimientos. Tenía el 
rostro demacrado, hundidos los carrillos, la nariz 
afilada y las orejas transparentes. Iju ropa le colguba 
en el cuerpo como en una percha, lai vida se Imbía 
reconcentrado en los ojos, que Inillaban dentro de 
sus profundas concavidades sombreadas por un borde 
azulado . 

Pero si el cuerpo estaba decaído, el ánimo estaba 
en cambio en él má.s entero que nunca. A(|uello no 
era nada: por el contrario, era una .suerte haber te- 
nido aquel vómito de sangre, porque así se había 
descargado de la opresión que lo fatigaba. Dentro de 
quince dias estaría ya repuesto y podría empezar lo.s 
preparativos de su casamiento. 

Don Rafael, cuando le oia hacer esos i)royeotos, se 
violentaba por no dejar correr las lágrimas que se 
agolpaban ásus ojos. Decidido á no contrariai' á ,su 
hijo en nada, le seguía sus gustos, y hasta, tuvo la 
debilidad de acompañarlo á elegir los modelos de los 
muebles con que ¿lebía adornar su alcoba nujKÚal. 

Alberto, á su vez, complacía á don Rafael, no sa- 
liendo de noche y obsei’vando con puntualidad el 
régimen prescripto por los facultativos. Visitaba á 




Cristina rte dia, y á solas con ella esplayaha sus pro- 
yectos para el porvenir con tebril locuacidad. Iidan á 
pasar la luna de miel á la est.:i.iicia, y iio volverían á 
Montevideo hasta la entrada de Otoño. 

— No te resientas, mi querida, le decía él con ca- 
riño, por el destierro á que te c-ondeno. Confieso qne 
soy un poco egoísta en esa exigencia, pero quiero vi- 
vir á tu lado sin que nadie nos juoleste, libres de los 
cumplimientos sociales, y dueños de todo .nuestro 
tiempo para querernos. Nos casaremos á fines de 
Agosto é inmediatamente nos iremos para la estan- 
cia. Figúrate que el otro (lia me dijo mi vi(!,¡o qne él 
también nos acoiupañaría, pero yo le contesté (pie se 
dejase de pensar en tal cosa por(inc no so lo (íonsen- 
tiría. Dice que es pava cuidarme. ¡C(ómo si yo nece- 
sitase cuidados! Y sobre todo ¿no estarás tú á mi 
lado? 

Cristina lo oía con el corazón oprimido por la pe- 
na, y no se atrevía á contestarle una sola palabra, 
temerosa de que los sollozos de su voz tradnjeseTi. su 
aflicción. Era horrible su situación. Veía á su pro- 
metido aniquilándose por dias, y acrecentaba su do- 
lor oir los risueños proyectos <pie en su exitacion 
fraguaba. 

Entretanto, el invierno, aliado á la enlermedad, 
agravaba el estado de Alberto de una manei'a. alar- 
mante. El vómito de sangre habla íuninoraclo por 
algunos dias todas las otras manifiistaciones de la 
dolencia, pero poco á poco había reaparecido la tos, 
que era lo que más destruía al pobre jóven. Volvió 




50 



CRISTINA 



Alberto á su mal humor (lispliceucia por todo. La 
alimentaciou se le liada reiiugnaute ; mortiíiíaibaulo 
los cuidados y suprimió toda mcdicamentacion. 

Dou Kafael, desesiierado, acudió luicvauíeiite d 
Cristina, como única influencia bastante á dominar 
la caprichosa voluntariedad del enfermo; pero aún 
éste recurso ñié inefloaz. Empezó Allierto por agriar- 
se cada vez que Cristina trataba de insinuarle la ne- 
cesidad de que se atendiese, é insistiendo ella, acabó 
por retirai’se un día bruscamente. Ahilvió al siguiente 
dia, y á los dulces reproches que Cristina le hizo por 
su irascibilidad de la víspera contestó él con viva 
exaltación; 

— Es que ya no se puede vivir tranquilo con estas 
iinpei'tineucias. Yo no tengo nada, absolutamente 
nada, y sin embargo todos se empeñan en que he de 
estar enfermo. Y voy áacaha]' poi’ enfermarme seria- 
mente si siguen así, pero va íí ser de dcse.speracion. 
No basta ya que en ca.sa tenga que soportar los ser- 
mones de papá, y las majaderías do ('enteno que lo 
hace coro al viejo, sino que aquí, á tn lado, me han 
de molestar también con esas zonceras que me exas- 
peran. No veo más que caras tristes á mi alrededor; 
papá que apénas me mira un rato se pone á hacer 
pucheros como un niño, tus padres que me saludan 
como á un moribundo, y tú misma, con esa palidez y 
ese desencaje que parece que me estás haciendo el 
duelo . . . 

— Alberto . . . ! 

— Vas á decirme que nó? ¿Orees tú que yo no ob- 





CRISTINA 



ni 



servo lo que pasa? Donde yo entro se acaban todas 
las risas y todas las alegrías. Hasta tus hermanas kSc 
ponen sérias cuando me ven. Ni que ñiera yo un es- 
pectro. . . ! Tú. estás e.uclaustrada como una monja, 
y hasta en tu traje lo pareces. Cualquiera diría que 
me están presagiando la muerte. . . 

— No sigas, Alberto, por Dios . . . 

—Sí, quiero seguir, poi'que quiero de una vez po- 
ner fin á esta situación desesperada para mí. A veces 
creo que tú eres la más empeñada en retai'dar el ca- 
samiento. Nunca me hablas de ese asunto y cuando 
.. yo te hablo, no me contestas .nada. El señor l'oña 
no me dice más que medias palabras, tu mamá i)are- 
ce que se disgusta cuando oye hablar de ca.sanii(iuto, 
f y papá lia dado en la gracia de ponerse á llorbpicar 
cada vez que le pido que me compre algo para el ar- 
reglo de la casa. 

— Es que todos se interesan por ti, Alberto . . . 

— Si, bonito modo de interesarse, y se complacen 
en mortificarme. ¿Crees tú (pie á mi me engañas? 
Crees tú que yo no sé que quieren retardar en todo 
lo posible nuestro casamieuto so pretesto de que soy 
todavía muy mucliacho? Yo ya lo be adivinado, y es 
por eso que pretenden hacerme creer que estoy en- 
fermo. Y tú estás completada con ellos también. . . 

— Alberto . . . ! 

— No hagas aspavientos ni me contradigas porípué 
sé bien lo que digo. Si no fuera asi ¿porqué habías 
tú de mostrarte tan retraída conmigo, (¡ue cuando es- 
toy á tu lado más pareces una victima que una nó- 



CRISTINA 




via? Yo .uo soy nu cliiquillo pai'a que juege uadie 
conmigo, y si tu estás arrepentida de tu coniproiuiso, 
dínielo no mas, con íranqueza, ([uc yo no . . . 

Un golpe de tos interrumpió á Alberto, y quedó 
por largo rato fatigado. Cristina lloradla silenciosa- 
mente soportando con resig'-n.aeio.ii Ia.s injusticias que 
contra ella profería aquel pobre tísico, exasperado 
por la liebre que lo consumía. Eu esta situación lo.s 
encontró el señor Peña, y dirijiénduse á Alberto, 
le dijo; 

— Adivino poco más ó méiios lo que lia pasado, y 
francamente, mi jóveu amigo, su proceder' para con 
mi polme Cristina es inesplicalile. Hace días que 
vengo notando que despue.s de cada una de sus vi- 
sitas queda esta niña llorosa y abatida, siendo así 
que ella vive consagrada á usted por completo, lle- 
gando hasta prescindir de sus padres que la ado- 
ran! 

Cristina, al oir el justo reproche de su padre, lo 
abrazó prorrumpiendo en amargos sollozos, como si 
se desahogase de una pena (ine la abrumaba. Alber- 
to no se conmovió, y dando errónea iuteriiretacion 
al llanto de su prometida, tomó su sombrero y se 
dispuso á retirarse . 

— Alberto, dijo el señor Peña, deteniéndolo; no 
creo que usted haya tomado ¿i mal mis i'eproches, 
hijos de mi cariño paternal. 

— No señor, yo só bien como debo apreciar esta 
escena, y como nunca acostumbro á estar demás en 
ninguna parte, me retiro. 



— Alberto! wollozó Ciistina, (lespretuiiéiulose de 
los brazos de su padre. 

Pero el joven no la oj’ó ó no quiso oirla, y salió 
apresuradamente. Al llegar á su e,asa tuvo un nue- 
vo vómito de sangre, y (piedó desíallerido, (lineo 
dias estuvo postrado sin ánimo y sin fuerzas ni para 
incorporarse en el lecho. Don Rafael reunió en c.ou- 
sulta á tres de los principales médicos, y éstíjs re- 
solvieron que era necesario mandar á Alluu'to á un ' 
clima más templado, porque el iuvieriu.» hí sería 
fatal . 

Valiéndose de mil rodeos empezó don Rnliud á in- 
sinuar al enfermo la conviniíiiiida de un vinjti al 
Brasil; pero, con gran sorpresa suya, alas primeras 
indicaciones contestó Alberto resueltamente: 

—Precisamente eso es lo que iba il pedirle asi que 
me sintiese algo más fuerte, (¿uiero salir de Mon- 
tevideo é irme á cualquiera parte, en la seguridad de 
que voy á curarme . 

Cuando pudo levantarse, lo prinuvro (|iUi bizo .Al- 
berto, fué abrir un cajón de su escritorio y sacnr de 
él varios objetos y papeles, (pie empaipietó cui(bulo- 
samente, y llamando en seguí ila al criado, le dió or- 
den de que lo llevase á casa de la señorita Cristina. 

No esperaba ésta aquella resolución, creyimdo que 
la última escena babia sido solo luotivada por el 
estado de exitacion en (pie se eucontraha Alberto;, 
pero, cuando recibió los rec.uerdos ipre ella babia da- 
do á su prometido, cayó anonadada y permaneció 
durante largas lloras en una completa insensibilidad» 



54 



CRISTINA 



sin dar más señales de vida (j[ne algunos espasmos 
nerviosos . 

Aquella noche visitó don Eafael á los señores de 
Peña con el objeto de indagar lo que liabia pasado, 
y cuando lo supo, á pesar del ciego cariño que tenía 
A su hijo, no imdo ménoa que exclamar: 

■ — Pero, esa conducta de Alberto es injustilieable! 

■ — ^No acrimine usted <1 su hijo, don Katiiol, con- 
testó la señora. Nosotros somos ios primeros e.n dis- 
culparlos, porque liarta desgracia, titme él con su 
enfermedad para que todavía, scs le inculpe. 

— Pobre, hijo mío! 

— No desespere usted aún. Es muy posible que el 
viaje A Eio Janeii'o le siente liien, y yo tengo seg’u- 
i'idad de que nua vez repuesto, él volverá al lado de 
<h.'isti,ua á quien quiere entrañablemente á pesar de 
este aparente desvío. 

En este sentido .seguían conv(Jr.sa.udo, cuando apa- 
reció en el dintel de la sala, como una sombra, 
Ciistina, vestida toda de negro, con el semblante 
pálido, los ojos muy abiertos, y quedó allí inmóvil, 
muda, asemejándose á una sonámbula. 

Levantáronse todos y saliei'ou á su encuentro, y 
entonces ella, como si despertara, de im sueño, (lió 
un grito y .se precipitó en los brazos de don Eafael, 
ilorand(i amargamente, con sollozos profundos, que 
arrancaron lágrimas á todos lo.s. que presenciaron la 
escena. 

Don Eafael la oprimió sobre .su pecho y la. be.saba 
en la frente, repitiendo con voz llorosa: Hija luia! 



liija mia! Poco á poco ñié Ovistiua caliuáutlose, y 
cuando los sollozos la periuitieron luililar, preguntó 
diil cemente; 

.. —¿Y Alberto? ■ 

— Está bien, hija; <iuedú en c,asa. Jh.'outo vendrá 
á verte. 

— Nú, á mi me engañan. Yo he soñado una (josa, 
horrible, muy horrible! Quiero verlo, (luiero verlo 
ahora mismo . 

Y rompió á llorar nuevamente hasta (pmdar pos- 
trada en una crisis nerviosa. 

Don Rafael se retiró con el alma traspasada de 
dolor, y al llegar á su casa, encontró á Alluirto ro- 
deado de cuatro amigos, á lo.s cuales esplicalia los 
proyectos cpie iba á realizar en su próxiuu) viajo á 
Rio Janeiro. La fiebre continuaba alimentaudo su 
imaginación, y á medida que su físico so cousumia 
en aquella destructora combustión, su espíritu petie- 
bra más en el porvenir, descíontamlo el tiempo con 
esa avidez de quien presiente que no podrá disfru- 
tarlo . 

Parecía que había olvidad(j á Cidstina por c.oniphi- 
to, y á las preguntas que Centeno 1(‘, bacía en la 
intimidad sobre su alejamiento de su prometida, con- 
testaba con evasivas, como si le mortificase el re- 
cuerdo de su proceder. El mismo Allnirto no se 
esplicaba bien poi'qué había dejado de ir á casa de 
Cristina. Reconocía (pie ella no le había ofendido en 
nada, y á solas se confesaba de que la quería tanto 
como ántes, pero, no se resolvía volver á verla. 



5(! 



CRISTINA 



No quería darse (‘.nenta de <1110 iuiudla displieojicia. 
era un nuevo síntoma de su ciifcuuiunlaíl; todo le dis- 
gustaba, y solo se mostniba artivo para, Imeer sus 
preparativos de viaje. De.bía partir á jiaes de Jimio 
y pocos días ñdtaban ya para el de la salida del 
paquete. 

Don líafael liabia de aeoiiipaüarlo á ]iesar de sus 
protestas. — Es una molestia inútil (¡ue usted so to- 
ma, papá, por mi. ’V'o ]uiedo Imeer id viaje solo per- 
fectamente. Va usted á abandonar sus negoivios y á 
mortificarse á su edad por nu (‘xeeso de precaución 
inñmdada, poripio ya ve ipie abora estoy muy bien 
y no necesito do nada. 

— E.stábie,n, hijo, le contestaba don Rafael para 
ealinarlo, pero, no .seas ta,n egoísta que quieras pri- 
varme de hacer uii paseo. Te acompañaré en el via- 
je, me (lucdaré unos pocos (lias en líio Janeiro hasta 
dejarte instalado y regresaré en seguida. 

Por íin llegó (d dia de la, iiarlu'da. Alborto estaba 
nervioso y agitado desde imr la mañana, y apresura- 
ba á todos con febril impaciencia, como si temiese que 
un obstáculo imprevisto liabia de intm’nimpir su 
viaje. 

— Eecieu á las cuatro saldi'á el vapor, le obser- 
vaba don Rafael, así es que no tienes por qué apu- 
rarte; a,pénas son las once. 

— Es que no quiero dejarlo todo para última hora. 
Esos paquetes de ultramar se van en cuanto comple- 
tan su carga, y no es co.sa de que nos quederao.s con 
las balijas pronta.s. Además el dia está tan sereno 




que convida á aprovecliarlo iiava el eiubatíiue, no 
sea que pnr la tarde se lev;uite viento y lleguemos á 
liordo mareados. Yo creo (iius ó, la una deberíamos 
ponernos en camino. 

— Está bien, Alberto, por mí, estoy pronto á la 
llora que quieras; y al decir esto, el bueno de don 
Rafael fingía estar muy atareado en los arreglo.s, 
para ocultar las lágrimas ipie le buineilecían los ojos. 
El no se liada ilusiones sobre los resultados del 
viaje, porque comprendía ipie no lialiía, en su liijo 
fuerzas para coutrarestav los avances del mal que lo 
consumia. Im tuberculosis había, beclio estragos te- 
nibles, cujnis consecuencias no era difícil preveer á 
pesar de la engañosa trégna. qne id. mal parecía ha- 
ber otorgado á su víctima. 

A la una, subió Alberto en el carrnage, qne en la 
puerta lo aguardaba, acoui paliado de Oávlos Cente- 
no. Don Rafael bahía salido momentos antes protes- 
tando algunas diligencias (]ue tenía qne hacer , pero , 
con el pi'opósito de despedirse de Cristiua, paso qne 
había creído prudente ocultar á Alberto. Triste y 
desgarradora fué aiiuella escena. Cristina abrazaba 
á don Rafael, lloraba desesperadamente, sin oírlos 
pobres consuelos que le daban sus padres, liaciéndole 
entrever la esperanza de que aquel viaje le devol- 
vería á Alberto completamente restablecido. 

Arrancóse don Rafael de los brazos de la desgrar 
ciada niña, impotente ya para resistir á la pena que 
lo afligía, y Cristina, al separarse de él levantó sus 
humedecidos ojos, y fijándolos en la puerta de la 



58 



CRISTINA 



halntacron en que se Iiullaliai), dio un gritu supre- 
mo, mezola de dolor y alegría: 

— Alberto! 

Era Alberto, eíectivaiuerite. Al pasar por la es- 
quina de la cusa de Píuia, liabíaii revivido ou él 
todos sus recuerdos, y sin poder coiitenei'se, liisjo 
detener el carriiage, subió rápidamente la (;scaler;i, 
3" guiado por los sollozos de Cristiim, se ])resentó 
en la pieza en que ella se encontraba acom pañado de 
sus padres ,y de don Rafael . 

Aquella súbita aparición, sorprendió á todos; á 
todos menos á Cristina, á (piieu parcícía (luc uiia in- 
tuición secreta le antiuciára que All)(írt,o no ])artiría 
sin verla. Los padre.s se alejaron lloraiido, y qiu)- 
daron solos los prometidos, mirándose ext:isiadüs en 
una muda, contemplación, diciémiose con los ojos to- 
do lo (|ue con los labios Imbiera sido inagotable 
tema de sus conversaciones. Por lin All)ertu rom- 
pió el .silencio, pidiendo perdón por su desvío. 

Cristina no lo dejó concl;-ur. El Imbía tenido la- 
zon, toda la culpa era .suj'a; era ella quien del)ia ser 
perdonada, poi' la.s contrariedades (pie Je lialiia can- 
sado. Pero, no quería retardar (d vía, je, a,l contrario: 
si la amaba, si en algo podía comiilacerla, debía rea- 
lizar aquel viaje que era nece.sario á su salud. No lo 
olvidaría un moineuto, como él no la olvidaría á 
ella, estarían siempre jnnto.s, unidos por el recuei'do. 

Asi permanecieron dos horas entregados á una 
dulce intimidad, borrados ya todos los recuerdos del 
último disgusto. Fué necesario que don Rafael se 





presentase en la liabitacion en que se e.ucontral)an, y 
que en tono jovial dijese; 

— Amigo, aliora me toca á mí apurarlo. Tenemos 
los minutos contados, y si liemos de emliarcarnos 
]ioy, no hay tiempo que perder. Parece que ya no es- 
tás tan impaciente como esta mañana! 

Alberto sonrió y 3io dió otra contestación que to- 
mar la mano de Cristina, como sobrada justiñcacion 
de su demora. 

— Yo los acompañaré hasta abordo, dijo ella con 
resolución. Papá habia resuelto ir con usted, y yo me 
agrego ála comitiva. En dos niinuto.s estoy pronta. 
Cinco minutos después salieron los cuatro, en di- 
rección al muelle. Alberto y Cristina delante, y los 
dos ancianos detrás, regocijándose del feliz desenlace 
de aquel incidente que había entristecido dos hogares 
por espacio de muchos dias. 

Un vaporcito los esperaba en la escalera del mue- 
lle, cargado ya con los equipages, y momentos des~ 
pues se de.spreudia de la costa, haciendo hei'vir el 
agua con los rápidos volteos del hélice. 

Era una tarde i>lácida, fria y serena, franjeado el 
horizonte con celajes dorados. Desde el Cerro hasta 
la Aduana, el sol trazaba sobre el agua un riel de luz 
que ondulaba con contracciones de serpiente, y se 
rompía cada vez que cruzaba alguno de los vaporci- 
tos del tráfíco, dejando trás de sí una estela bullido- 
ra. Alberto, de pié, en la popa de la embarcación que 
lo llevaba, miraba hacia la ciudad como dándole la 
despedida. Por momentos se volvía á Cristina y le 




co 



CRISTINA 



sonreía con cariño mientras que ella, repuesta ya de 
la emoción que la reconciliación le había cansado^ 
volvía i'i su tristeza, impresionada por la demacración 
que notaba en su prometido. Era triste aquella des- 
pedida; por un lado Alberto, lleno de ilusiones, ha- 
blando del porvenir como silo tuviese comprado; por 
el otro, Cristina, presa de siniestros presentimientos 
tratando de ocultarlos á aquel pobre visionario que 
á medida que se agravaba, más alejaba toda sospecha 
sobre la gravedad de su o-stado. 

Así llegaron al paípiete (pie iba á ímiuliicirlos á 
Eio Janeiro. El vapor hada sus últimos api’ontes. 
Por ambos costados funciomiban los pescantes con 
estrépito, izando h)s bultos de carga, niiciutras los 
lanchoneros contalian con voz monótona lo (pie iban 
entregando. 

La despedida filé corta. Cristina se apresuró á se- 
pararse de Alberto ])ara desahogar el llanto (pie la 
oprimía, y cuando el vaporcito, de regreso ya, se se- 
paró del paipiete, miyó (3lla en brazos de su padre 
anegada en lágrimas. Alberto, desde la impa del va- 
por, agitaba su pañuelo en señal de despedida, y ad- 
vertida Cristina por su padi'e, correspondió al saludo 

El sol se ocmltaba ya detiAs (híl Cerro entre cela- 
jes rojizos, y empezaban á lirotar las brumas del 
mar envolviendo á la dudad en gasas blancas , á tra- 
vés de las cuales brillaban con resplandores de fra- 
gua los cristales de los miradores . 

Poco á poco fueron las sombras invadiendo el 
paisaje, y cuando don Rafael sacó á Alberto de la 





CRISTINA 



«1 



contemplación en ([iie liabía (puidarto desde ([ne se 
•separó de Cristina, solo se distin<>-uía la ciudad como 
un estrellado deluc.es amarillentas, (itu; en la costa 
.se )'etratalmn sobre el mar- (;on ñiltriu-antes estelas. 

El liélice del vopor afeitó ruidosamente, las ap’uas, 
y un minuto después, abría con su adiada proa una 
anclia lierida en el lustroso lomo de nuestro gran 
estuario ,■ 





filé la llco-uíla de 
c 11/'“' Alljertü (íomlo ú Rio .Ta- 
__iiciro. Las fatig-as del 
viaje lo habían postra- 
do á tal panto, iicie se vió obligado 
á gimrdar cama íl iiesar de los de- 
,seos (pie tenía de recorrer aquella 
gran ciudad, cuyo marco de mon- 
tañas y de verdura bahía contem- 
plado desde la cubierta del vapor _ 
Se sofocaba en aquella atmósfe- 
ra pesada, y consultados lo« 
médicos para quiénes don 
Itafael llevaba valiosas re-' 
comenda, Clones, determi- 
naron éstos que el en- 
llv'- ferino inmediatamente. 

'•* - debía ser trasladado á 
un punto elevado 
■■■- ■ de los alrededo- 



I 



CRISTINA 



i::t 



res ilt! Rio, tli‘si;L‘'i);iilili) os|hH'¡!ilmi'iil ' I I Tijurn, 
(loiitld eticoiit.riu'iii IihIo ^iviicro do oniiKHlidíuios. 

Don (lias ilosiiuos, AHiortii oruzalia oii oarnmji* la 
oiiidiul y se diidjia. ¡1 la Tijuou, in'ooiosa monlium, 
situada oii las imixiiiiidados th' la oiudud, y so ins- 
talaba. en un (•('miodu liotol oditioadn cu una do sus 
pinturesoas la, doras. K1 pidiro oidbruut so tMioontralai 
bien (!u atirud aiiilii(uito imro y lilao (|iio dalia, dos- 
causo á sus fatiu'ados laihmmos. 

El .sitio nu oiioaiitador. luí aionl.afin, voslida do 
árboles Imsta la ouinliro, ora un jurdin osidóndido, 
en (ine o.rer.ían todas bis ]dan(. is tropioalos roa loza- 
na exlrabera, acia, (‘ntroU'o'ida,s mnisá (d.ras oim nialla.H 
de lianas. Ocrea del liuOd, un arroyuclo iiiu' corría 
desde las alturas oulo,liri‘a.iido por entro !ük i'irlmlns, 
se precipitaba do rojiciito. en el vacio, y dosimcs do 
un salto de veinte varas, volvía, il tomar su cálice, 
arrastrando en su ráiiida corriente las liurlmjas do 
espuma (jue (d afína l'ormaba al caer. .Ante a.iiuidla. 
cascada se pasaba Alberto la.s horas, mira,udo eoiim 
el agua se romiiía en las piedras, desmotuizáudoso 
en agujas ae.era.das, ipio formaban un nimbo de nie- 
bla en torno de aquel sitio , 

Cada vez estaba Alborto más reeoueentradu en sí 
niisnio, y pocas eran las palabras que don Eafael 
lograba sacarle. 'tbiaiidü hablaba, eraeou displicen- 
cia, aun sobre los asu|tog que más podría intere.sar- 
le. Lo único ipic por algunos moiueitos despertaba 
su interés era lo que su padre le hablkba de Cristina. 
Parecía que todo sér se reanimaba, pero aquellos re- 



G1 



CBISTIN A 



liliii]>ag'os (Ití villa (liiraltiUi poe.o, y (luiiduba .nueva- 
mente sumido en su aliatimiento, la eabeza liumiida 
entre los hombros aug’ulosos, la mimda viilriosa y 
lija, la trente Immedeeida im sudor, y la respiraeiou 
fatigosa, anlielante, con los láhios entreabiertos co- 
mo si quisiera alrsorvcr todo el aire (iue lo circuía, 
para alimentará los pulmones que so deshacían .mi- 
nados por la tisis. 

Y así se pasaba. las. horas, sentado, con las. espal- 
das encorvadas, haciendo todo gémmo de esfuerzos por 
contener la tos, que era lo que más lo jiostmba. Ape- 
nas tenía aliento para escribir, solo lo hacia por (.Iris- 
tina, á quien le pintaba su estado como muy satis- 
factorio, uo con el propósito de engañarla, sino por 
que así lo creía él sineeinmenl.e, eou esa ilusión que 
anima á los tísicos liasta sus últimos momentos. 

Pero Gristina no se engañaba. En el laconismo de 
las cartas de Alberto, en la frialdad que ellas respi- 
raban, en la inseguí 'iduid de la letra, ella ;i,divi.ni.ibala, 
realidad y hasta la exageraba con ese empeño con que 
siempre parece que se complace, eii luortiíicarse el 
que sufre. Ella no quería oir consuelos ni esperan- 
zas, y sin temm.' ya de que Alberto adivinase en su 
rostro las lágrimas, llo.raba todo el dia, sin aspavien- 
tos y sin empasmos, sino tranquila, resignada, como 
si hiciera ya largo tiempo ipie hubiera recibido el 
golpe que la amenazaba. 

Vivía en un estrecho retraimiento de claustro, ri- 
gurosamente vestida de. lana negra, sin adornos ni 
atavíos de ningún género, entregada al culto de los 




CRISTINA 



Im 




recuerdos, y arrubaila ni un ini.süi’isiuii ((tm ullit 
misma no acerUiba, á desi'irmr con [iriM-isiiin, muzela 
de alg-odivirio y liununii), súr inteniuídiu entre 
la imágeu de, Alljin'lo Uumle y la de. .lesi'm, que iileti- 
tiflcaba (dristiua <á punli) de í'undirliis en una sola. 

Ella nunea lialiía sido lieatn, y no tenia de, religiim 
más uucioues qiu'. las muy vagas cine luüiia, reeojid»- 
en el Colegio de las Ilenimnus dis narithul, donde so- 
lo le cnseñaliau la uuie,ániea dtd, culto (uitólici) en 
cuanto conc.ierne al aliara, to escéuie.o del teinidu: á 
bordar uiantos, á cribar imui/.uelos, á, e.onte.eeioimr 
ñores de tmi;>a y idear papides para adorinir lo.s ci- 
rios. Su i’tiligloii era, más nuvl,erial que «spiril.aal y 
así se esplieaba aipiella veleidad, eou que había, aban- 
donadu sus santos al sentii* las primevas sensaeioues 
del amor, euiiti miando sin embargo eii sus plñt,icas 
religiosas, más hijas de la costumbre tpie du hi devo- 
ción. 

Pero, marchitadas sus ilusiones terrenales, su 
alma, ávida de amor, volvía á acariciar a iiuel los idea- 
les místicos, y sin darse mucha eueiita dcidlo, iinciii'- 
imba en la dulce incmoría de .lesús el i'ecuevdu que- 
rido de su Alberto, á (luien una voz secreta parecia. 
decirle que no volvería á ver. 

A pesar de los ruegos de sus padres, Cristina se 
entregaba dia por (lia á la vida eontemplativa, pi'es- 
eindiendo en cuanto le era posilile del contacto con 
toda persona. Habla despojado sn alcoba de todas sus 
coqueterías y monadas que la adoruaban: ni una flor 
en los floreros, ni luia cinta en el cortinado, ni un 



CRISTINA 



(](] 



frasco de esencias en su tocador. Bajo pi'etesfo de 
(pie el polvo que se adhería á la alfombra (pui c, abría 
el piso la molestaba, la hizo (|uitar; c,ambi(') con otro 
pretestü su cama de jacaraudá tallado por otra lisa 
de íieri'ü, y poco á poco convirtió su antes risueña al- 
coba, en una pieza severa y sombría como una celda. 

Alegando (ine aquello le distraía no i)crmitió (pie 
la sirvienta hiciera el acomodo de su habitación, y 
antes (pie nadie se levantase cu la casa , ya ella había 
hec.ho sus arreglos y estaba cntiagada á sus medita- 
ciones mí.sticas trente á un crucifijo, ñ (niyo pic! se 
veía, como única ofrenda, un piupiote de cartas (pie 
ella leía y releía todos los dias, como si aiiuellas pc'i- 
labiais escritas hicieran revivir en su oído el acento 
de su ausentí! (pierido. 

Una de sus hermanas (pie t(mia sa eiiarto (ioatiguo 
al de Cristina, oyéndola sollozar una noche, atishó 
poi' el ojo de la cerradura, y vió c.on sorpresa (pie ú 
pesar de la hora avanzada (pui era, (istaha aípiella 
vestida sohre la cama, al parecer dormida, iluminado 
•SU pálido rostro con los dóhilos reflejos de una vela- 
dora encendida frente al (micilijo. 

Comunicó la lieniuuia al día siguiente á sus padres 
lo (lue había visto, y estos, alarmado.s con aípiella 
novedad, cpiisieron cerciorarse de si (¡ira una simple 
casualidad el hal)erse dormido Gfistina vestida, ó si 
■era práctica cpie había adoptado en su nuevo métíulo 
de vida. Aípiella misma nocdie se convencieron de que 
'Cristina se acostaba sin desnudarse, y consultado el 
médico (le la casa sobre el particiilaiq declaró (]n(i 




era urgentemente necesario impedir ac[uella locura, 
pues ya lo tenia preocupado afiuella palidez y el de- 
sencaje de la niña, y en tan delicado estado forzosa- 
mente había de serle muy perjudicial aquella práctica 
anti-liigiénica . 

A los cariñosos reproches de sus padres, Cristina 
quiso negar lo cpxe se le iuculpaha, pero enternecida 
despu.es por los ruegos , hedió á llorar pidiendo ([ue 
la perdonasen, pero que no la violentasen porípie 
aquello era un voto que había hecho. 

— Es un voto que nadie te agradecerá, hija mia, 
le decia su padre, porque es un sacrificio completa- 
mente estéril, pues ni Alberto ha de recuperar la. 
salud por el hecho de (lue tu te acuestes vestida, ni 
tú serás más virtuosa por mortificar tu cuerpo. 

— Dios exije estas contrariedades, contestaba Cris- 
tina con estoica resignación . , , , 

— No hija; Dios no se entromete en estas cosas. 
Si tu eres su obra, haces mal en destruirla couio te 
estás de.struyendo , llevada de esas doctrinas fanáti- 
cas de que te han llenado la cabeza en el colegio. Ihi- 
rece imposible que tú, tan sensata siempre, incurras 
en esas ridiculeces con que no solo te enfermas sino 
que acongojas á tus padres que solo miran por tu 
bien. ; 

Prometió Cristina que no lo volvería á hacer, pero 
no lo cumplió, preocupada con el supersticioso temor" 
de que faltar á su voto acarrearía*sobre Alberto la 
cólera de Dios . Y asi poco á poco lo que en un prin- 
cipio había sido solo una distracción, iba acentúan- 




(i8 



CRISTINA 



dose con toda la ijarsistencia cleima neuróais mística, 
que la liada mirar con suprema indiferencia todo lo 
<ine la rodeaba, y relajando en su alma cariñosa 
liasta las afecciones de familia. 

Entre tanto, la enfermedad de Alberto Conde, le- 
jos de cejar, seguía avanzando de una manera ater- 
radora. La carne se iba de aiinel cuerpo, dejando solo 
la anmizon huesosa apenas cubierta poi' la epidénnis 
amarillenta y húmeda. Solo la santa paciencia de un 
padre podía soportar las impertinencias de un pobre 
■enfermo, que más se apegada á la vida á medida que 
en él se iba estinguieiido. Se aburrió de la Tijuca, 
.se le hizo insoportable el hotel, á cuya servidumbre 
tenía ya cansada con sus eternos repro clies sobi'e la 
comida, sobre la cama, sobre todo, y exijió á don Ba- 
fael que lo llevase á las cercanías del Jardin Botáni- 
co, donde tenía la seguridad de ¡lue se encontraría 
mucho mejor. 

Allá fué el solicito padre á con, saltar nuevairiente 
á los médicos, y estos, que no se hadan ilusiones 
sobre el estado de Alberto, le aconsejaron (pie lo lle- 
vase donde él (pieria ir, ipie sin duda aquello le .sen- 
taría bien porque la estación calurosa avanzada, y 
la proximidad del mar le harían más llevadera la tem- 
peratura. 

Don Rafael alipiiló un cliaht próximo al dardin 
Botánico y se instaló allí con su hijo. Los primeros 
dias los pasó bien, distraído con la novedad del pai- 
saje. Paseábanlos do.s por los alrededores y no se 
-cansaban de admirar la decoración de verdura que 





CRISTINA 



(>0 



tenía por delante. Sobre todo, lo (luo más atraía la 
atención de Alberto, era la entrada del .lardin Botá- 
nico. Se detenía allí largos ratos contemplando atiuella. 
calle interminalile de palmenus qno muere al pié de 
la montaña, parimentada de arena rojiza, soljve la 
cual se destaéan los promontorios de césped que simui 
de base á aquellas columnas rectas y esbeltas, coro- 
nadas con un elegante cliapitel de hoja.s verdes y 
brillantes como si de seda fuesen tejidas. 

En medio de aquella vida, de aquella lozanía, de 
aquella Injuria de la naturaleza, el peltre tisic;o pare- 
cía más consumido aúu. Se sentaba en un bautm, á 
la entrada, al pié de nn árbol que erada imágen de sn 
existencia, invadido por los parásitos que se nutrían 
con su sávia, matando toda su vejetacion, y alli se 
pasaba horas tras horas, aniquilándo.se en el quietis- 
mo, y devorado por la coiubn.stion interior que iba 
poco á poco secando las fuentes de la vida. 

Al cabo de un mes, el .Tardin Tiotánico le aburila 
ya como le había aburrido la Tijnca. Qneríiv volver 
á Montevideo á dilatar la vista en las planicies. 
Aquellas montañas lo sofocaban, sobretodo el Cor- 
covado^ á cuyo pié vivía, y (pie á «ula momento pare- 
cía amenazarlo con aplastarlo bajo su inmensa mole. 

— Pero hijo, le objetaba don Rafael, tu no estás 
en estado de emprender viaje. Espera á reponerte nn 
poco y entonces nos pondremos en camino. 

— No, papá, es necesario (pie nos vayamos cnanto 
ántes, porque lo que me aniquila es este caloi', esta 
falta de circulación del aire encerrado entre estos 



70 



OKISTIN A 



cerros. Estoy seguro de que eu Montevideo acabaré 
de iiiejoranne, porque ya vé usted (lue be mejorado 
inucbo , ya iio me dán aquellos accesos de tos que tan- 
to me molestaban. Lo único que tengo es esta flaciua de 
que me repondré inmediatamente cuando llegue allá, 
porque aquí no puedo comer: la carne es detestal)le, 
la leche es aguachirle, y hasta las legumbres son 
insulsas. Y luego, este calor que me debilita hacién- 
dome traspirar’ todo el dia y toda la noche. .. . Si, papá; 
resueltamente nos vamos. 

El pobre Alberto quería ati’ilmir á todo lo epre lo 
rodeaba la delhlidad que lo ani(iuihiha, sin sospechar 
que la causa de todo estaba dentro de él mismo . Su 
repugnancia á toda alimentación era invisible. Eecha- 
zaba todos los platos (pie le presentaban, y no (pie- > 
riendo convencer’se de su inapetencia , ideaba maiijai'es 
que según él' comería con gusto. Don Eafael no omitía 
diligencia ni gastos para conseguirlo en el a(;to, pero 
cuando le presentaban ¡il enfermo lo (pie Imbía pedido, 
lo rechazaba con repugnancia, irritado, con la misma 
repugnancia con que el hidrófobo rechaza el agua 
que pide á gritos. 

A fines de Setiembre, ya no pudo don Rafael con- 
trarestar el empeño (pie Alberto bacía por volver. 

El regreso era en él una idea fija, tema de todas sus 
conversaciones, sobre todo por la tarde, hora en que 
la fiebre le daba alguna energía y le bacía hablar con 
exitacion, descargando toda su irascibilidad sobre el 
desgraciado anciano , á quien inculpaba por detenerlo 
allí á pesar de lo mal que le sentaba aquel clima. 

Un dia, después de almorzar, don Rafael, (pie había 




quedado en la casa escribiendo algunas cartas, salió 
al rato en busca de Alberto que debía estar en el jai- 
din. Pero por más que lo llamó y buscó no pudo dar 
con él. El pobre padre se desesperaba sin .saber á 
que atribuir aquella ausencia, é liizo registrar inimi- 
ciosamente todos los alrededores, pero .sin resultado . 

A las cinco de la tarde volvió Alberto, rendido por 
la fatiga, pudiendo apenas respirar. A las preguntas 
que don Rafael le bízo solo le contestó liaciéndole 
señas con la mano de que esperase: no podía hablar. 
Por la noche esplicó su conducta. Había ido á la 
ciudad en trannvay y preguntando de un lado á otro 
había averiguado que dos dias después partiiía un 
vapor para el Rio de la Plata . 

— Vámonos, papá; yo no puedo estar aquí, y hasta 
temo que voy á enfermarme seriamente si ])srmanez- 
co aquí ocho dias más. Quiero sorprenderla á Cristina, 
pero voy á estar de incógnito algunos dias para en- 
grosar un poco, porque si me vé así, le voy á parecer 
muy feo . 

Nuevamente consultó don Rafael á los médicos, y 
estos aconsejaron el viaje, con esa condescendencia 
(lue siempre tienen ellos para con los enfermos des- 
hauciados. Aquellos dos días los pasó Alberto con 
cierta animación, preocupado de sus preparativos, y 
forjándose mil ilusiones. La ví.spera de la partida 
fué al Jardín Botánico como á darle la despedida, y 
con las veleidades propias de su enfermedad, lo vol- 
vió á encontrar espléndido. Hasta sentía cierta triste- 
za en abandona!" aquel sitio encantador. Lo recorrió 
en una gran extensión y se detuvo en uno de sus 




CRISTINA 



rincones más pintorescos y poéticos. Sol)re un lecho 
(le arena blaníiuisiina, corría un hilo de ag'iia cristali- 
na, en cuya siiperflfñe se retrataha el delicado follaje 
de los bambúes, (pie en apretados mazos crecían en 
acpiel sitio. Alberto se entretuvo en leer las inscrip- 
ciones (pie los visitantes habían grabado en la lustro- 
sa corteza de arpiellos cañaverales, y sonreía triste- 
mente al ver las ingúnuas declaraciones (pie alguno. s 
(3namovados habían conflatlo á las plantas, (pie las 
siusiirraban á la brisa (pie jugueteaba entre sus flexi- 
bles ramas. Aipiello era iiu idilio de la naturaleza. 
Los bamliiies alineados á iiiia y otra banda del arru- 
yiielo, entretenían arriba sus sutil es varillas vestidas 
con bojas delicadas, formando una, nave de verdura 
por entre cuyas grietas filtraba el sol agujas de luz 
(pie capitoneaban laai'eua con tachuelas de oro. 

Todo era vida y exlmherancia en aípiellos contor- 
nos. Millares de insectos con alas esmaltadas de azul 
y verde revoloteaban entre las plantas con sus zum- 
bidos metálicos, brillando con fúlgidos reñejo.s al cru- 
zar por iin rayo de sol, y apagándose al penetrar 
nuevamente en la sombra . Pájaros de matizado pluma-, 
je acudían al reparo de los bambúes y se bañaban 
agitando las alas dentro del agua, mientras otros, 
ocultos dentro del follaje,^ gorgeaban sus canciones 
alegres. 

Alberto se alejó lentamente de atpiel sitio, como 
contrariado do ver tanta vida, tanta lozanía que pare- 
cía enrostrarle su aniiiuilamiento . El misino sentía 
raquítico en medio de aquella pompa, de a(piel lujo, 




de savia y de robustez que la naturaleza derrocliaba 
en torno de su cuerpo macilento, coiiio luiciendo es- 
carnio de su miseria. 

Dominado por esta idea, y delirante por la fiebre, 
llegó un momento en que se imaginó que todas aq ae- 
llas plantas tenían movimiento y acción, avanzaban 
todas liácia él, haciendo chasquear sus ranuts para 
expulsarlo como á un leproso cuya vista repugnase á 
los moradores de aquel palacio de la naturaleza. 
Sentía que los bamhúes le cruzaban el rostro con sus 
flexibles tallos, y creía ver (jue hasta las altas pal- 
meras se doblaban como enormes látigos haciendo 
resonar con chasquidos de ínstalas cintas de sus ver- 
des penachos. 

Al dia siguiente Alberto no tenía fuerzas para le- 
vantarse de la cama. Había en su ánimo un desfalle- 
cimiento completo , y en su postración se sentía hasta 
hastiado de vivir. Más tarde, reaccionó; la idea del 
viaje volvió á reanimarlo, y con febril impaciencia 
exijiü á don Rafael que no demorase nn dia más la 
partida. A la mañana siguiente debía zarpar el va- 
por, y no había tiempo que perder. 

El pobre don Rafael salió á activar los preparati- 
vos del viaje, y Alberto quedó solo, sin atreverse á 
salir al jardín, dominado todavía por el delirio de la 
víspera en que llegó á creer (pie hasta la natimileza 
hacía mofa de su raquitismo. Odiaba aquella vegeta- 
ción que le robaba la vida, quitándole hasta la natura- 
leza que él necesitaba para sus pulmones y ¿itrihuía á la 
malignidad del clima aquella postración que lo invadía. 




71 



CRISTINA 



En su delirio, veía á Montevideo con sus casas 
blancas, con sus horizontes extensos, torio aseado, to- 
do elegante, pobladas sus calles de mujeres hermosas 
y esbeltas; y entregado á estos ensueños lo encontré 
don Eafael á su regreso , vagando por sus labios ané- 
micos una sonrisa triste. 

Estaba Albei-to . en la sala, sentado en un oóinoclo 
sillón de paja, con la cabeza hundirla entre una almo- 
hada de plumas, reclinada contra el respaldo; sobre 
los brazos del sillón tenía estirados los suyos, y sus 
manos colgaban pálidas, descarnarlas, como una ar- 
mazón de liuesos sujetos por el pellejo. La mirarla te- 
nía un brillo intenso por momentos, pero en seguirla 
caían nuevamente los páiiiados, como si estuvieran 
gastados sus resortes . 

— Ánimo, amigo, dijo don Rafael con cierta jovia- 
lidad como para reavivar al enfermo; cine ya está todo 
pronto, y mañana nos pondremos en marcha sin falta 
ninguna. Parece, liijo, cine te causa pena dejar estos 
sitios qne tanto te fastidian, según dices ti'i á cada 
momento. Yaya! no te amilanes, tpie dentro de cua- 
tro dias ya estarás en Montevideo, y podrás ver á tn 
Cristina rpie creo ane es lo q,ne te preocupa constan- 
temente . 

Alberto sonrió tristemente, pero no contestó. Esta- 
ba como rli.straído, y parecía no prestar atención á lo 
que le hablaban. Por lo demás, parecía más tranauilo 
que ele costumbre. La respiración era ménos fatigosa 
y no lo molestaba la tos, 

— ¿Sabes papá, dijo por fin, qne tengo un antojo ? 




•ORISTINA 



' í!> 



-—Pues dilo, liijo, que si eu mi mano está el com- 
placerte, puedes darlo por conseguido. 

— Pues se me lia ocurrido nada menos que ir á al- 
gún teatro esta noclie. 

— Permíteme que te diga que eso es una insensatez., 

— No; no me sentará mal. Por el contrario me di.s- 
traerá, y sobre todo, será una yergüenza que cuan- 
do esté en Montevideo no sepa qué contestar cuando 
me pregunten como son los teatros de esta ciudad en 
que lie permanecido tres meses. 

— Pero te sientes tú con fuerzas para ir? 

^ —En este momento no, por que estoy muy cansa- 

do, pero luego estaré muclio mejor. Yo no sé lo que 
siento hoy; tengo un desfallecimiento que no sé coniO’ 
explicar, porque ni lie caminado, ni me he agitado, y 
sin embargo estoy rendido de cansancio. Yo creo que 
ha de ser el calor. 

— Pero la tarde está más bien fresca, Alberto. 

— Pues yo me sofoco. Es que usted es viejo y tiene 
horchata en las venas en lugar de sangi'e, pero yo rae 
quemo . Sin moverme , vea come me corre el sudor por 
por la frente. Esto es lo que me debilita. 

— Bueno, hijo, no hables tanto porque te fatigas. 

— No; esta fatiga me viene del calor también. Yo 
sufro espantosamente con el caloi’, y nunca lie senti- 
do tanto como hoy. Felizmente... mañana... pobre 
Cristina 

Don Rafael estaba vuelto de espaldas arreglando 
sobre la mesa algunos papeles , y al notar que Alber- 
se bahía interrumpido, le dijo, sin volverse. 




70 



CRISTINA 



— ¿Y? ¿qué hay ahora con Cristina V 
Y como no le contestase, se dirijió al sillón del en- 
fermo, y al verlo cayó anonado sohi'e un soiil, cu- 
hriéndüse la cara con las manos y sollozando: Hijo 
mió! hijo mió! 

Alberto (-onde segmia sentado en el sillón con los 
brazos caldos, la cabeza sobre el hombro, y los , ojos 
entornados. Cor entre los labios pólidos caía de su 
boca un hilo de sano-i-e negra (pie manchaba el cuello 
lie su camisa. 

.listaba muerto! 




UANDO don Rafael volvió de Rio Janeii'O 
con el corazón despedazado, dejando allá 
restos del único sér cuyo cariño lo atalia 
á la vida, buscó en Cristina un refugio 
para su dolor, viendo en ella la proyección viviente 
del recuerdo de su hijo. Pero no encontró en ella lo 
que esperaba, aquella efusión de dolor, aquel manan- 
tial de lágrimas en que el anciano desea1)a verter las 
suyas, esa reciprocidad de seutiinientos que es el 
único Unitivo de la aflicción. Nada de eso encontró 
don Rafael. 

Cristina estaba transformada. Parecía agena á to- 
do y á todos los que la rodeaban con solicito ufan 
tratando de consolarla. Recibió con cierta apatía al 
padre de Alberto, como si su presencia viniese á per- 
turbar la traüquilidad de su recogimiento , y ni una 
pregunta le dirijió relativa á los últimos momentos 
de su amante. 

Todos en la casa parecían abatidos como si presin- 
tiesen una nueva desgracia. Solo Cristina luosti-aba 
una tranquilidad impasible que se revelaba hasta en. 



sus facciones, antes tan animailas, y aflora quietas, 
mudas, severas, los ojos bajos, los bibios pleg-ados, 
y cruzadas las manos de una blancura transparente, 
que resaltaban sabré el regazo negro opaco de su fd- 
nebre traje de lana. 

No era esta (jiiietiid el abatimiento que postra á 
los que sufren después de haber llorado mucho, ese 
anonadamiento en que queda el sistema .ueiTioso tn'is 
de violentas sacudidas, siuó una resigiiiiciou tranqui- 
la, meditabunda, reconcentrada é indiferente á todo. 

Cuando supo la noticia de la mmsrte ele Alberto, 
comunicada por sus padres con todo geínero de pre- 
cauciones, el dolor no liizo en Cristina la explosión 
que temían. Levantó ios ojos al cielo, conleron por 
sus mejillas dos lágrimas silenoiosas, y pidió (pie la 
dejasen sola. 

Aíinella tranriuilidad afectó á sus padres mucho 
más (pie los espasmos de doloj- (pie ellos pnísentían, 
y doblemente preocupados (piedaron al saber por su 
otra hija que tenía el cuarto vecino al dé Ciistina, 
(pie ésta no liabía alterado en nada sus hábitos, y 
continuaba enti-egada á sus rezos y contemplaciones 
místicas sin mayores demostiuciones de dolor. 

A los pocos dias pidió (pie llamasen á su confesor, 
un anciano sacerdote á (piien conocía (lesdehpie es- 
tuvo en el colegio de las Hermana.s, Vaí'ilaron sus 
padres en acceder á aquel extraño pedido, pero in- 
sistió ella con resolución, y no sabiendo ya que obje- 
tarle, determinaron complacerla. 

Lo que pasó én la entrevista de Cristina con sil 



CRISTINA 



81 



confesor, quedó eneen-ulo entre los misterios de 
aquel cuarto, pero algo grave debió ser, pórque el 
sacerdote, Pan tes de retirarse, pidió luildar con el pa- 
dre de la jóven. 

Era el sacerdote un liombre de peso, conocedor de 
los secretos de la vida, y creyó de su deber no hacer 
al padre de Cristina un misterio de lo (pie ella le lia.- 
liía nianfestado . El anciano quedó aterrado al oír la 
revelación del sacerdote, y permaneció en silenci() 
por largo rato con la mirada fija en el suelo, como 
queriendo precisar la enormidad de la desgracia (pie 
lo amenazaba. . 

Al cabo (le algunos minutos rompió el silencio; 

— Pero ¿cree usted que sea esa una resolución fir- 
me en Cristina? 

— Tal parece, contestó el sacerdote, según la tran- 
quilidad y convicción con (pie ella me lia hablado. 

— IjG ha dicho il usted (pie contaba con mi consen- 
timiento? 

— No me lo ha precisado, pero ine ha dado á en- 
tender (pie no teme (pie usted se lo niege, una vez cpie 
usted se convenza de que esa determinación será su 
único consuelo. 

— Pero ¿será posible que (isa niña (pitera abando- 
nar así á sus padres que se miran en ella, llevada de 
un capricho ? 

— No lo tome usted tan á pecho, pues es de espe- 
tarse que eso sea un arramiue del momento, pero des- 
pués la reflexión la hará desistir... 

— No lo crea usted así. — En Cristina esa resolu- 




82 



CKIS T IN A 



cion no es un arrebato porque liace tiempo ya que 
viene ajustando su proyecto. Lleva ya tres meses de 
noviciado, y yo he debido estar ciego el no darme 
cuenta de lo que tanto la preocupaba. Mi iiija mon- 
ja. . . ! No, no puede ser, no quiero que sea. Y usted 
me ayudará, señor, á disuadirla. 8i su autoridad de 
couíesur lia de influir en ella poflei'osamente para ha- 
cerla desistir de esa resoliuflou, y juntos los dos he- 
mos, de lograr que vuelva al cariño de sus padres. 

El sacerdote no contestó. 8e puso de pié como dan- 
do por tei.'minada la entrevista, y estiró la mano al 
anciano, quien se la estrechó inertemente como se- 
llando el pacto de ayuda que do él esperaba. 

Desde ese. momento, la casa de los señores Peña 
pareció (pie estaba de duelo. Ya ,no hiil)o flestas, ni re- 
cibos, ui se tocaba el piano, ni se abríafi los balcones. 
La noticia, de la resolución de Cristina de entrar al 
Convento cundió rápidamente, y fué un dia triste pa- 
ra las numerosas r-elacioues de la familia que cono- 
cían el acendrado cariño que los jiadres pi'ofesaban á 
aquella niña. 

Pero no faltó (piien se alegrase. IjMS parroquianas 
de novenas y rosarios se restregaban las manos de 
gozo, é invadieron la casa de Peña asediando á Cris- 
tina para que persistiera eii su propósito. Entraban 
como sombras por el. vestíbulo rebujadas en sus man- 
tos y se dirij.ían á la uleoba de la niña sin saludar si- 
quiera á las otras personas de la casa, como si la 
aspirante fuese ya cosa suj^a de la cual pudiesen dis- 
poner á su antojo. 



CRISTINA 



83 



El cuarto estaba convertido en locutorio. Las bea- 
tas cliucliibeaban alli de todo, exaltaban la devoción 
(le Cristina, liacian alarde de envidiarle su felicidad 
y llegaron hasta hablar en contra del padre cine se 
oponía á la dicha de su hija. 

Cristina no tomaba parte ea estos conciliábulos, 
pero oía sin protestar, todo lo (pie de sus padres de- 
cían a(iuellas arpías devotas. La.s murmuraciones solo 
se interrumpían para i'ezar rosarios ó hacer algpna 
otra devoción, volvían á comenzar de nuevo con más 
finia, maldiciendo de todos los (pie encontraban mal 
í (lue Cristina abandonase á sus padres en la ancia- 
nidad. 

Todas las tentativas de las amigas y personas, res- 
* potables allegadas á la casa, por hablar con Chisti- 
na, se estrellaban ante aquella muralla de beatas (pie 
se turnaban para no dejarla sola ni un momento. No 
había medio de desalojarlas de sus posiciones. 

Si una amiga entraba al cuarto, las beatas le po- 
nían una cara de baipieta y rodeaban á Cristina co- 
mo para defenderla de un enemigo. 

Su pobre padre estaba volado con aquella invasión 
que poco á' poco se posesionaba de su casa, y lo ar- 
rinconaba il él el dueño, alejándolo de .su hija, sobre 
quien nadie más que él tenía derecho . Era un hom- 
bre de carácter suave de costumbre, pero á veces se 
exaltaba lleno de bríos y de energía, y eu esos mo- 
mentos no sabía dominarse. 

El asedio de las beatas sobre Cristina, lo traía 
exasperado, y tenía que violentarse mucho para no 



84 



CRISTINA 



(lar rienda suelta á los aeonteciiuientos (ine íbinen- 
taba en él desde tiempo atrás. Por fíii llegó un dia en 
que no pudo contenerse. 

Paseábase el señor Peña en el vestíbulo de su casa, 
cuando vió subii; un grupo de mujeres rebozadas en 
sus mantos, y capitaneadas por un frailo salesiano, 
gordo y macizo, que esgrimía un paragua á guisa 
de espada. Iba á pasar la comitiva poi’ frente al se- 
ñor Peña sin saludarlo siquieni, cuando el anciano 
se cuadró frente á los invasores y con tono imperio- 
so dijo : 

—Alto! ¿Dónde Auin ustedes? 

— Veníamos á ver á la señorita Ciistina, contestó 
el fraile. 

■ — ¿Y (5011 ([lié (lerecbo vienen ustedes á ver á la, 
señorita Cristina, sin pedirme autorización? ¿Creen 
ustedes que esta cusa es una po.sada donde cada ha- 
bitante puede recibir las Aúsitas cpie se le antoje? 
¿No saben ustedes Cristina es mi hija, y sin mi 
consentimiento nadie puede verla? 

—Hereje! resongó una- beata, pero no tan despa- 
cio cpie el señor Peña no la oyese, y ac, aliándosele ya 
la paciencia apostrofó al grupo. 

— Fuera! fuera de lupií inmediatamente! Las he- 
rejes y las malvadas son ustedes (pie han trastornado 
á mi pobre hija' para robármela. Fuera de aquí ! i-epito, 
y no me obliguen á hacerlas echar por los sivientes, 
mujeres aniganas y mal entretenidas, que ocupan sus 
ócios en maldecir de todo, sin respetar sicpiiera las 
canas y los sentimientos de un padre. 



CRISTINA 



8,5 



• — Pero yo soy el guía espiritual de la señorita. . . 
balbuceó el fraile liacieudo ademan de adelantar. 

Nunca lo hubiera dicho . El señor Peña, volviendo-' 
se con violencia, la tomó de una manga del hábito, 
y sacudiéndosela con fuerza, le gritó todo exaltado : 

— Usted es el primero que vá á salir de aqni, y cui- 
dado como me vuelva usted á poner los pies en mi 
casa, sonsacado!' y pedigüeño, que aprovecha de la 
desgracia de mi hija para sacarle crecidas limosnas 
todos los dias. Fuera de aquí, y vajui padre á asear- 
se un poco en vez de venir á sembrar zizaña entre 
padres é liijos. 

Los intrusos se retiraron murmurando por las es- 
caleras, y el señor Peña, después de desahogarse con 
aquella invasión que lo exasperaba, quedó como pos- 
trado,’ meditando sobre la situación que le creaba la 
determinación de Cristina. Esta lo mandó llamar más 
tarde, y le habló sobre la escena de la mañana de que 
ya habia tenido noticias. La explicación fué dolorosí- 
' sima para el señor Peña, que se vió censurado por ,su 
hija á causa de la expulsión de las beatas. 

— Es que quieren robarte á mi cariño, hija queri- 
da, decía el anciano casi llorando. 

— No, papá, nadie quiere robarme. Yo soy la que 
voluntariamente quiero dedicarme á Dios , y esas po- 
bres mujeres no hacen más que robustecer mi fé para 
que las tentaciones del mundo no me aparten del 
buen camino . 

— Ah! ¿con qué crees -tíi que el buen camino es 
abandonar á tus padres en la vejez para ir á encerrar- 




8o 



CRISTINA 



te donde para nada sirves? ¿Qué religión es esa que 
te enseña á faltar á tus deberes de bija? No es esa la 
religión que tu madre y yo te hemos enseñado, ni es 
la que puede, ser grata á Dios. 

Cristina no contestaba nada á estos razonamientos 
y trataba de cortarlos como si la contrariasen. Su re- 
solución de hacerse monja era más empecinamiento 
•íque convicción, y por eso quería eludir toda esplicn- 
•cion que pudiese quelmantar su voluntad. De ahi la 
■contrariedad que le causaba todo contacto con su fa- 
milia, llegando en su desvío hasta alejarse de la ma- 
dre, que era sin embai'go la mimos que le lial)laba de 
;su determinación, sin ser por eso la que menos sentía. 

Las hostilidades contra el señor Peña recrudecie- 
ron con la expulsión de las beatas. Espiaban sus sa- 
lidas, y desde que sabían que no estaba en la casa, 
todas aquelllas devotas harpías se pasaban la voz é 
invadían el cuarto de Cristina, llenándole la cabeza 
de chismes y embastes contra su padre, á quien acu- 
.saban de masón, y pintaban poco menos que poseído 
del demonio . No tardó la impresionable niña en pres- 
tar oídos á aquellas murmuraciones, y sin quererlo 
•quizás, fué alistándose en las illas de las que comba- 
tían el señor Peña. 

Aquella guerra siguió sin descanso, i'ecrudeciendo 
por dias . El señor Peña llegó á convencerse de que 
su autoridad paternal estaba quebrada para con Cris- 
tina, que resueltamente había manifestado que con ó 
sin su consentimiento,- llevaría á cabo su determi- 
nación. 



CRISTINA 



87 



En tal situación, el anciano apeló como supremo 
recurso á la influencia flel confesor de Cristina, sa- 
cerdote de q.uien tenia el mejor concepto. Lo mandó 
llamar y le eaplicó lo que pasaba. El sacerdote oyó 
al señor Peña sin desplegar los labios, y en seguida 
fué al cuarto de Cristina , donde permaneció largo rato . 

El señor Peña enti'etanto se paseaba en los corre- 
dores, nervioso é inquieto, como el padre que espera 
el pronóstico de una junta de médicos sobre la enfer- 
medad de sn hijo. 

Cuando el sacerdote salió, el padrc.de Cristina lo 
llevó á la sala, lleno de ansiedad le preguntó : 

— ¿Y. . . . ? ha cedido á sus consejos? 

El sacerdote levantó los ojos al techo, y con la má» 
humilde resignación contestó : 

— Cúmplase la voluntad de Dios ! 

— ¿Qué quiere usted decir? ¿Es posible (pie no ha- 
ya usted logrado convencer á esa niña de (pie no de- 
he abandonar á sus padres ? 

—Mi misión no me permite oponer á los manda- 
tos de la providencia, y por el contrario, tengo el de- 
ber de contribuir á robustecer los sentimientos pia- 
dosos de esa niña, . , , 

El señor Peña no lo dejó concluir. Con un gesto 
dió por terminada la entrevista, y cuando quedó sedó- 
se dejó caer sobre el sofá, permaneciendo con la ca- 
beza entre las manos durante largo rato. 

Al dia siguiente cayó en cama, gravemente postra- 
do por una afección orgánica cuyos primeros síntomas 
había experimentado hacía ya algún tiempo , pero que 



83 



CRISTINA 



eiitóiices ae manifestaba ya muy (leaarrollada, debido 
á los disgustos que suíria desde que Cristina tomó re- 
•solncion de ¡uicerse monja. 

Poco afectó á Cristina la noticia de la eníermedad 
de su padre. En aquel estado de atonía en que estaba 
parecía (pie nada la preocupaba sino la realización de 
sus propósitos, y todo lo que con ellos no se relacio- 
nase, le era completamente indiferente. Entraba dos 
vece.s por dia en la alcoba de su padre enfermo á in- 
formarse (le su salud, j se retir-aba en seguida á su 
cuarto, ajena á todo lo (lue pasaba. El señor Idnla la 
llamaba ii su lado cuando iba á verlo, la haría, sentar- 
en su cama, y tomándole una mano la r-etenía por al- 
gún tiempo entre las suyas, mir-ando fijamente á Cris- 
tina. Pei-o ella no lo mii-aba; peruianecíía con la vista 
baja, muda y apática, sin liacer una c-aricia al air- 
ciano, como si al estar allí -fuese para ella el cumpli- 
miento de rrri deber enojoso. 

Las beatas, libres ya de las vigilaneias del señor 
Peña, se liabian posesionado del (urarto de Cr-istina, 
convertido en centro de sus conciliábulos. 

Aquella enfermedad era para ellas un castigo del 
cielo por- liaberse el anciano ojmosto á (pie la niña se 
dedicase á Dios. Primero se decía esto enti'e ellas, 
pero poco á poco, y valiándose de rodeos, se lo lucie- 
ron comprendei- á Cristina, y liasta hablaban de ello 
sin repar‘0 . 

■ Un dia, una de las beatas llegó á decir que la 
muerte del señor Peña sería una felicidad, porque así 
no tendría ya la devota quien se opusiese, á sus pia- 




CRISTINA 



8S) 



düsas inoUnaciones. Cristina al oir a(|udla iniquidad, 
lloró como liada iimdio tiempo no lloraba, despertán- 
dose en ella, á la idea de la mnerte de su padre el 
eariiio que antes tenia. 

La beata comprendió cpie había ido demasiado le- 
jos, y temiendo nmi reacion, empezó á dar vuelta á 
sus palabras hasta duldflcavlas y darles otro sentido. 
Ella no había dieho que desease la muei'te del señor 
Peña, sino que en caso do ipie esa desgracia acaeciese 
se creería que. Dios había intervenido con su sagrada 
voluntad para dar acceso hasta él á la que Imscaha su 
su gracia. 

Entretanto, el mal del señor l’eña se agr avalla por 
dias, y el anciano sníiia dolores agudísimos al cora- 
zón, que era el órgano afectado. Su esposa y sus 
hijas lo acompañahan dia y noche, pero él en sus la- 
mentos, solo tenía palalmm pava Cristina; para aque- 
lla hija que tanto había querido, y ((ue lo ahandonalui 
en sus sufrimientos, después de haberlo herido mev- 
talmente . 

Partía al alma oír aíprellíus quejas del anciano mo- 
ribundo, que hacían llorar á todos los circunstantes. 

— Me muero! me muero! decía una mañana abra- 
zando á Cristina que había entrado á saludarlo. Y 
eres tñ hija querida, la que me mata. No te apartes 
de mí, no me abandones, desiste de ese propósito ab- 
surdo, y yo volveré á la vida, porque lo que me la 
quita es esa opresión (pie me (hila idea do perderte, 

— necesario resignarse ante la voluntad de 
Dios, contestó Cristina con voz grave. 



90 



CKISTIN A 



— Pero ¿<iiié Dios es ese tuyo (lue aparta á los hi- 
jos de los padres? exclamó el señor Peña con angUKS- 
tia. No, no (iniero que me abandones ; tu no me de- 
jarás solo .... 

La esposa y las otras hijas lloraban amargamente 
en presencia de aquella e.scena, y sobre todo al ver 
que el pobre enfermo solo tenía palabras de cariño 
para la única que se alejaba de él. 

Y la misma escena se repetía todo los dias, y cada 
dia quedaba el señor Peña más postrado, reagravada 
la enfemuedad con aquella lucha entre el cariño de 
un padre y el desvio de una hija predilecta que había 
sido el encanto de su vejez y que el fanatismo le ro- 
baba para sepultarla en la estéril soledad del claustro. 

— Preferiría vei'te muerta, le decía el anciano, an- 
tes que monja, porque muerta me quedaría siquiera 
el recuerdo de tu cariño, mientras que monja solo ve- 
ré la prueba de tu egoísmo , ‘de tu ingratitud para los 
que solo han sabido quererte. 



Ocho días después moría el señor Peña en medio 
de liorribles sufrimientos. 

Cristina liizo su duelo aparte, en la soledad de su 
cuarto, sin pai'ticipar en nada de las lágrimas de su 
nmdre y hermanas. 

Dos semanas después activaba ya sus preparativos 
para irse al convento , y antes de dos meses entraba 
ya como novicia; rompiendo así todos los vínculos 
que la ligaban á la sociedad. 





A novic.iii so. euc.outi'ó Lieri «ii six laicvo 
W . nlojiuiiioiito, retraída, tm la soltidad qu<‘ tan- 
Ijo anluílíiba y (jue no luibia eneontrado en 
su nasa, rodxíadíi sienipi'e d(i los cuidados 
de su faniilía. 

Satisfeolia la (¡uriosidad de las monjas después del 
primer dia, de la entrada de Oristiua en el Convento, 
la dejaron sola, autref?a,da á sus cavilaciones . Ence- 
rrada en la celda (pee le liabian destiníido, se pasaba 
horas tras horas mirando el nitrato de Albei'to Conde, 
único objeto (pieha.bia llevado <;onsif>'o, y (ine ^mar- 
daba oculto como nn tesoro, temorosa de (pie sus 
compañeras de veolusion lo descubriesen. 

A los pocos dias recibió la visita de su madre y 
bernuinas en el locutorio, sepxirada de ellas por una 
doble reja, á través de cuyas barras a, penas pasaba 
la mano . 

Al ver á Cristina, la madre se precipitó á la reja 
ansiosa de besarla y abrazarla, pero retrocedió ante 
aíiuel obstáculo materitil, y ante la apatía de su liijaj 




04 



CRISTINA 



que se pi’esentó íViii, severa, acompañada de una 
monja á quien llamaba madre. 

Ni una expansión, ni un cariño, ni un arranque- 
manifestó la novitiia á la vista de su madre y herma- 
nas. Estas lloi'ahan silenciosamente, mientra, s la ma- 
dre con el i'ostro pegado á la reja, contemplaba á su 
hija acari(íiáudüla con los ojo.s, ya que no podía 
estrecharla entre .sus hi'azos. Y acentuaba má,s la 
tirantez de aquella e.scena la pre,sencia, de la monja 
que acompañaba á Cristina, y á (juien la .señora de 
I’eña miraba ya con celos, desde que había oído (pie 
compartía con ella el título de madre, A (lue solo ella 
tenia derecho. 

—¿Te encuentras bien, luja mía? preguntaba la 
pobre señora con los ojos bañados en h'igrima.s. 

— iSí, señoi'a, contestó Cristina sin levantar la 
vista. 

— Sí, está muy bien, dijo la monja entrometiéndose 
en la conversación. No extraña nada y al momento 
se ha puesto al corriente de sus obligaciones. Poco 
á poco la hemos de ir haciendo olvidar esa tristeza 
con que vino del mundo . 

Efectivamente, Cri,stina parecía tranquila, y nada 
en ella revelaba la tristeza de la separación . A las 
lágrimas de sus hermanas y á las ansiedades de la 
madre solo oponía una dulce resignación, pidiéndo- 
les que se- consolasen con verla dichosa, ya que para 
ella no liabia más felicidad en la tierra. 

Siempre que se repetían las visitas de la familia 
de Chistina al convento, se renovaba la misma esce- 





na, sin (iiie la niiwh'e inulinra dar expansión á stis 
.sentimientos, cortada siempre por la. presencia déla, 
monja escacha^ á, (luien la novic.ia pedía pevini,so para 
dar la mano á su madre á través de la veja. 

Cristina no paroc.ía encontrarse bien allí, ¡l pesar 
de lo ipie ella aseguralta. Ij;i palidez de su rostro to- 
maba el tinte y la trasparencia diCa tun-a, y aliojula- 
da por la flacura las c.omiavidades de los ojos, apa- 
recían estos enorimm, sombreados por añedías ojeras 
•azuladas (ine aeiuituaban la demacración del semblan- 
te. ]ja señora de Ibiña, alarmada con a(]uellas sinia- 
les de sufrimiento, interrogó á la Madre Huporiora 
sobre el estado de su bija, d lo que la monja contestó 
•que a(|u(illo no debía sorprenderla porque la nina 
había ido allí muy triste, y naturalmente debía eso 
influir en su físico, pero que no tardaría en reponerse 
una vez (pie se familiarizase con su nuevo método 
de. vida. 

Cristina según todas las prácticas religiosas de las 
moiijias, y poco á poco íuó tomando paide en todos 
sus hábitos. Contrarióla mucho el tener (pie concu- 
rrir todos los dias durante tres lioras á la sala común 
donde se reunían las monjas pai-a coser y conversar. 
Ella de,seaba estar sola, y la mortiflcaha a(piella so- 
ciedad en (pie no solo se hablaba de los santos y de 
las novenas, sino tamhiefi de asuntos más terrenales 
.salpimentados con interminables comentarios en los 
que no siempre campeaban los más benévolos senti- 
mientos. Pobres monjas! encerradas alli en su retiro 
.seguían con ávida curiosidad todo lo que pasaba en 



9(5 



CRISTINA 



la sociedcui, recogiendo en el locutorio los rumores 
<iue les llevaban sus parientas y amigas. 

Cristina no tomaba parte jamás en aquellas con- 
versaciones, á pesar de (ine las otras la interpelaljan 
considerándola más al corriente de lo que pasaba poi' 
ser la iiltima que liabia estado en contacto con la so- 
ciedad . Para la novicia, aquellas hablillas eran una 
decepción. Ella había creído que el convento era un 
retiro inviolable donde nunca penetraban los ruidos 
de fuera, y en vez de aquella soledad que había busca- 
do, encontraba un centro activo en que se agitaban 
las pasiones de que ella trataba de alejarse para en- 
tregarse .solo á la meditación y al recuerdo de su 
muerto querido. 

Poco faltaba ya para tenniiiar el año de noviciado 
de Cilstina, y .su madre esperaba que penetrada ya 
de la e.sterilidad de la vida á que había quoi'ido con- 
sagrarse, desistii'ía de su resolución y volvería al 
hogar. Fortalecía e,sta esperanza de la señora de 
Peña la circunstancia de que ('¡ristina no tenía dote, lo 
que imposibilitaría su profesión, [hi dia se atrevió á 
liablar de esta á su hija, peró á las primex'a.s pala- 
bras la emicha se sublevó: y llamó á la Madre Siipe- 
i'iora acu.sa.ndo á la señora de Peña de que pi'etendía 
distraer á su hija de la piadosa vocación que la había 
llevado á aquel retiro. 

Cristina permanecía muda en esta.s escenas con lo.s 
■ojos bajo.s, como .si se tratase de algo (pie nada tenía 
•que ver con ella. Eespecto al inconveniente material 
.que hizo la señora Peña sobre falta de dote, conte.s- 




C I S T I N A 



!)7 



tó la Madre. Wtipiu'ioi’iuiun (iso iiu ('starbalia, (mi nuda 
la toma de. velo, pm'iiui». (’risliua iirofnsaria cmna 
vto'iijii (luiiif'slit’d j es diu'.ii', (hrstinada al servicio de la 
casa como lialúa, otras iiiu^ por ií’iuil razón no sa,lían 
nunca del estado servil luisla (iiu.! cnitregase l¡i can- 
tidad de diuero exip,'ido por la órdcii, 

Tara c,on (¡ristitui, fueron iufitilos todos los nuifíos 
de su madre y luonuauas. Kstaba decidida d permane- 
cer cu cd. convento en cualquier condición, y de niii- 
gium mauc.ra consmitíria cu nada (|:u‘, se ostase á 
aquella resolución. .‘Vate esn. obstiuaidoii, la simora 
de femase vió o1)li¡j,‘ada á liaccr un muivo sncrilicio, 
8u posición de fortuna no era ni r,ou muelio ludf^'ada. 
Vivía con ustrmdu'z d(‘. una escasa .renta (tue, apenas 
llefíaliix á c.ubrir las necesidades de una familia (pie 
sostenía cierto ran}>' 0 ; pero únte la idea de que Cristi- 
na iba á s(!i' relep,'ada á la categoría de sirví(.uite poi' 
cuestión de algunos miles de posos, no titubeó en sa- 
crificar una partes de su escaso (saudal para dotar á su 
liija. V¡"eii(Uó una casa y aplicó el producto d la dote 
(le Cristina sin (]ue ella, lo supiese. La familia de 
Peña, privada de a(inella fuente de renta, dcsgiHieulió 
á más modesta esfera de vida y se alejó de la socie- 
dad, no pudiondo ya sostener el rango en (pie basta 
entonces se luibía mantenido. 

Se' acercaba el dia de- la toma del velo, y el nom- 
bre de. Cristina volvió il ser tema ile todas las con- 
versaiúones. A pesar de lo (pie todas la querían, y la 
la rodeaba el interés de sus desgraciados amores, su 
proceder era censurado por todos los que conocían 



98 



CKISTINA 



las intimidades de la familia de Peilii: la enfermedad 
■del padre y su muerte, causada por el abandono de 
de su hija predilecta; las angustias de la niiub'e y el 
.sacrificio hecho para dotar á la monja; todo esto, y 
mucho más, se comentaba en las reuniones, y se in- 
culpaba á Cristina por su conducta. 

Pero ]io por eso dejaba nadie de aprestarse para 
asistir á la tonui de velo, ceremonia que se iba á 
verificar denti'o de pocos dias, y para la cual se pre- 
paraba Cristina con finue resolución, sin (jue el re- 
mordimiento mortificase ni por un momento su con- 
ciencia. Poco inflnia en, su determinación el fervor 
religioso, porque la neurosis luística (pie la afectaba, 
«ra una manifestacioii de su amoi' á Alberto, que 
conservaba como un culto en su alma, y (juyo recuer- 
do inezclalia ella en sus oraciones. 

Su imagen p, redilecta era el retrato de su nóvio que 
llevaba siempre consigo, y contemplaba en éxtasis 
durante sus lloras de retiro, hablándolo, comunicán- 
dole todos sus sentimie,ntos, como á un confidente 
íntimo para quien ella no tenía secretos . 

Las monjas entretanto preparaban la casilla para 
la fiesta, adoimando los altares y deteniéndose en 
prolijos detalles de coquetería y oi’uamento para dar 
mayor realce fi la ceremonia. El pequeño templo era 
un campo de maniobras en que todas trabajaban á 
-una, cerradas las puertas para evitar todo contacto 
profano. Con esa prolijidad propia de las mujeres, 
arreglaban todo con giucia, armonizando los colores, 
plegando las telas con elegancia, y ataviando las 




con citirtii. <‘,o(iu(‘,tin‘iíi minuhuui, c.oim) (li:*.Kalmf¡;iuulo 
en los síuitus las iucHnuciuntiS (|ue la se- 

veridad (I(i las rendas inoiiúsl.icas no iiermitcs eii sus 
trajes. 

Lleíí'ó el diado la toma del velo, lia Ciapilla ros- 
plaudec-ía do luc-ns y do dorados hasta la hóveda; 
ceiiteiiaro.K do sonoras y uífios so apifiahan oii la nave, 
dirijiendi) sus mira, da, s hilóla ol coro, sitmido il la 
iiiquierda del iiltar mayor, onhiorto todavía coa es- 
pesas 0,01'timis (pus no pormitiau vor nada do lo (pío 
piisahii dentro. 

De reponte so o, ondú ol oortiuiulo, y aparee , 16 tras 
de las rcjiis Ciástimi Pofm, vostida de nóvia, con un 
Injoso traje do S(‘,dahhinc,o íulormulo de onaijes, ceñi- 
da la caheza con una corona do azahares, y euhierta 
(•■on nn diáfano velo de, tul, á, través de cuyas sñtiles 
imillas resplandecian los hrillantes de lasalliajas que 
la adoruahan. Cristina estaña pálidii y grave, con los 
ojos bajos, rodeada de las otras nionjas cubiertas con 
na tupido velo negro, y llevando cada una on la ma- 
no un cirio enclendido. 

Las curiosas se agolpaban sobre la reja, estruján- 
dose para ver de cerca á aquella niña que había cru- 
zado como un meteoro por el mundo, brillando un 
instante para exti,nguirse después en la soledad del 
claustro . 

Junto á la reja, la señora de Peña y sus bijas pre- 
senciaban la ceremonia. Hubiera la pobre madre 
deseado no estar presente en aquel acto que era para 
ella como el desenlace trágico de una série de sufrí- 



100 



CRISTINA 



«lientos, pero Cristina le rogó que la acompañase en 
su desposorio místico, como la hnliiera acompañado 
en su casaiuiento con Alberto. 

Empezó la ceremonia. El 'órgano preludió sonoros 
acordes acompañando el canto de los sacerdotes y del 
coro, llenando todo.s lo.s áml)ito.s de la. nave con ecos 
armoniosos, mientras los turiferarios hamacaban los 
incensarios que de.spedíaii nubes de Inuiio azulado, 
<iue subían liasta la bóveda coloreándose de distiuto.s 
matices al pasar por los rayos de sol que eiitralmn 
por las pintadas vidrieras de las ventanas. 

Cristina estaba como en éxtasis. Su rostro pálido 
al presentarse, se liabía teñido levemente de vosa, 
.sus ojos levantados al cielo, brillaban con dulce ar- 
robamiento, y.dibnjaban sus hUiios una sonrisa vaga, 
como inconciente' manifestación externa de un gozo 
•intimo . 

La polu'c niñit soñaba en aípud momento. Por una 
alucinación fácil de explicarse en el estado ou (lue se 
encontraba, creía asistir ásus desposorios con Alber- 
to, cuyo recuerdo tomaba en aquel momento cuerpo y 
vida ante sus ojos, representándolo á su lado, emo- 
cionado de felicidad. Todo liabía desaparecido para 
ella; las monjas, los sacerdotes, los cantos y los 
altates; .solo veía en torno suyo á su nóvio, á sus 
amigas ataviadas (;on lucientes trajes de baile, á sus 
padres y liernuinas abrazándola con cariño y lloran- 
do con esos dulces lágrimas con que la felicidad se 
manifiesta en ciertos momentos. 

El Obispo se acercó á la novicia, y ella, siempre 



CRISTINA 



lOI 



en .su alucinación, extendió su mano para fine el sa- 
cerdote la uniese (;on su desposado. J^ero al extender- 
la, tocó en la veja, y á ese golpe, despertó Oristina, 
y se penetró de la ti'iste reíilidad (pie la rodeaba. I’a- 
lideció síiliitaniente, bajó los ojos, y como si los re- 
sortes de su cuerpo se hubiesen aflojado de repente ^ 
cayó deslallecida en brazos de dos monjas ipie se pre- 
cipitaron Inicia ella al verla desplomarse como una 
masa inerte. 

Un grito angustioso partió del templo, y gran nú- 
mero de las presentes se pusieron de pié para ente- 
rarse de lo ipie pasaba. Era la píjbre madre ipie lia- 
bía lanzado aipxel gemido al ver su hija desfallecida. 

Pero pronto .se restableció la calma. Itepnesta Cris- 
tina, se acercó á la reja, y allí el Obispo la despojó 
de una de sus alhajas, simbolizando así la renuncia á 
los bienes terrenales. En seguida se alejó (Eistina 
acompañada de dos monjas, y volvió al poco rato, 
cambiado su luciente traje de boda por una saya ne- 
gra, y cubierta la cabeza coa una toca blanca que de- 
jaba v(ii' la punta del cabello recien cortado. 

Presente otra vez Ci'istina en el coro, continuó la 
ceremonia religiosa. Lo,s cánticos. de gloria se troca- 
ron en plañideros salmodios; los incensarios ya no 
despedían nubes de perfume, ni los sacerdotes x-e.stían 
las casullas recanuulus de oro. 

La novicia se tendió en el suelo, cubrieron las 
monjas su cuerpo con un manto negro que ostentaba 
en su centro una gran cruz plateada, y entonaron el 
])ú ByoJ'undis^ simulando asi la muerte de (bistina 





10' 



CRISTINA 



Peña pavii el inundo, para lu sociedad, para su fauii- 
liii., liumido del escenario de la vidaluista su nombre. 

La madre en tanto lloraba desolada cuino si real- 
imiute asistiese á los funerales de su bija, y toda la 
c.ouc.urreucia, parcela como emliarft'ada de una bonda 
pena en presencia do aiinella escena. 

(.íiimulo td i'esponso torminó, Cristina se puso do 
pié; estaba lívida. y su sembla, uto revelaba dolorosas 
omoe, iones sulVidas en aipiel simular, ro de la, nuierte,. 
Kntúnces le colocaron el velo Idancoipie, oeultaba por 
completo su rostro, y con esto iiuodó terminada la 
ceremonia, retirándosela profesa acompañada de las 
otras monjas. 

TjR concuiTencia fué .saliendo del templo poco á po- 
co, miéiitrus los monaeillos provistos de largos apa- 
gadores, e,xt,ingnian las velas del retalilo y de las ara- 
nas, hasta quedar todo envuelto mi una penumbra, 
velados los a,lt,ares por las nubes de iimienso y del 
humo (jue despedían los pábilos carboiiizados de los 
cirios. 

Ijíí capilla quedó vacía y silenciosa , pero Junto á la 
reja <pie la separaba del convento ,se veían tres bul- 
tos negros, y se oían entrecortados sollozos. Emn la 
madre y las liermana.s de Cristina que lloraban sobro 
aquella lápida tras de la cual yacía para siempre 
el sér querido. 

Cuando la noclie invadió con sus tinieblas el tem- 
plo, el sacristán tuvo que rogar á la señora Peña y 
sus bijas que salieran porque era hora de cerrar la 
iglesia. 




CRISTINA 103 



— Mi luja! mi hija! sollozó la madro. (jíiiiero (lue 
me devuelvan á mi Cristina! 

A este grito de suprema angustiii, rontestó de 
atrás de la reja una voz de mujer : 

— Cristina Peña ya no existe, pero (pieda para 
orar por todos los pecadores, Sor María de las Mer- 
cedes. 




VIII 



N nada alteró la vida de Cristina su profe- 
O sioii monástica. Alejada en lo, posible de sus 
compañeras de reclusión, vivia entreg-ada á 
SUS recuerdos, sin inmiscuirse para nada 
en las cuestiones internas del convento. Asistía á 
las prácticas religiosas , cumplia todos los preceptos 
de la orden, pero no intimaba con las otras monja.s, 
á pesar de lo cine ellas liacian por inspirarle confian- 
za. Solo tenia predilección por una novicia dester- 
rada del mundo por las mismas cansas gue ella, 
pero no podía ■ confiarles sus expansiones íntimas, 
vigiladas como estaban ambas siempre por una ter- 
cera, filie impedía toda confidencia. 

Aquella vida de reclusión, entristecida por el su- 
frimiento moral que mortificaba á Cristina, influyó 
en el delicado temperamento de aquella niña, traba- 
jado ya por do.s años de continuos sinsabores. La 
demacración se acentuaba dia por dia en sii pálido 
semblante, y ella lo comprendía asi con intima sa- 
tisfacción, como si su sola esperanza estuviese en 
desatar el único vínculo que la unía al mundo: la 
Adda. 




CRISTINA 



lOf) 



La señora de Peña, en sus contítmas visitas al 
locutorio, rogaba i'i Cristina que se cuidase, y supli- 
caba las monjas que la acom])añaban, que atendie- 
sen á su hija é influyesen para que no se abandonase 
en el delicado estado en que se encontraba. Pero 
todos los consejos y la;s súplicas eran inútiles. Desde 
que Cristina comprendió (pie su físico no resistiría á 
las privaciones que ella le imponía, hizo estudio en no 
perdonar medio de anñpiilarse. l'^a idea del suicidio 
había cruzado ya por su mente varias veces, y otras 
tantas la Iiabía rechazado como nn atentado contra 
su Dios. Pero si l)ieu rechazaba el suicsidio violento, 
no creyó comete)’ delito algnno niinando su existen- 
cia con. sfifrimientos materiales y morales, y dió en i 
mortiflc:u’.sc de todas maneras . 

Exajeraba los ayunos, velaba liasta altas horas de 
la noche, dormía vestida, y llevaba cilicios que le 
llagaban el cuerpo. Antes de seis meses, Hor María 
de las Mercedes era apenas una sonihra de aquell a 
Cristina Pola adornada con todos los encantos de la 
belleza. 

Labrada su existencia por el recuerdo do su des- 
gracia y los sufrimientos qne infligía á su cuerpo ^ 
languidecía rápidamente, resignada ella y hasta con- 
tenta con aquel aniquilamiento que la acercaba á la 
tumba de su amado . 

Un dia fué la seilora de Peña al convento , y Cris- 
tina no apareció en el locutorio . Alarmada la madre, 
rogó que le dijesen lo que tenía su hija. .La monja 
trató de ocultarle la verdad diciéndole que Sor Mer- 




cedes estaba ocupada en sus devociones , y que no 
podía salir; pero, la madre no se dejó engañar, y á 
sus reiteradas instancias no pudo la monja escusarse 
de contestarle cpre estaba enferma. 

Aquí empezó una escena conmovedora. Porflaba la 
madre por entrar á ver á su hija enferma, pero todo 
su afan se estrellaba ante las regias del convento que 
no perniiten dentro de sii recinto á ningún profano . 
Profana una madre! ¿Qné es lo que puede profanar 
el sér más sagrado, el amor más puro, el sacrificio 
más sublime? 

Todos estos razonamientos se hacía la señora de 
Peña, y se los exponía llorando á las monjas que 
con imperturhahle calma la oían sin contestarle una 
sola palabra. Al dia siguiente, cuando volvió al lo- 
cutorio, se presentó Cristina, desencajada, macilenta, 
sin fuerzas casi para hablar . Sonrió á la madre que 
no quitaba de ella los ojos, pegado el rostro á las re- 
jas, y trató de tranquilizarla, diciéndole que su in- 
disposiciou del dia anterior habla sido pasajera y que 
ya se encontraba bien. Inútiles consuelos! No era 
nece,sario ser madre para adivinar los sufrimientos 
de aquella niña, pintados en su rostro marchito, en 
sus manos descarnadas y transparentes, en el cai- 
miento de todo su cuerpo que acusaba una postración 
penosa. 

Se veía que la muerte invadía lenta, pero obstina- 
damente aquel organismo delicado y destruida uno 
por uno sus tejidos , preparando un desenlace que no 
era difícil preveer . La señora de Peña vivía en una 



108 



CRISTINA 



continua ang-nstia. Veía (ine ,su liija se agosta,l)a,, y 
nada, podía hacer por ella, cuando tenía la scígniidad 
de que sus cuidados le devolverían la vida. Indicaba 
á las monjas lo que debían bacer, el alimento que 
habían de darle, las precauciones (pie sería necesario 
tomar, pero, todo era iníitil. A (piel las pobres mnjc- 
re.s, encerradas en su fatalismo místico, no veían 
niá,s que la mano de Dios en lo (pní á Cristina pasa- 
ba, y á él la encomendaban, pcrsnadida.a do (pie en 
la tierra no hay medio de contrarestar los designios 
de la Previdencia. 

Otro año tnisciin'ió asi, avanzando .siempre la en- 
fermedad (le la monja, y al cabo do ese tienqio em- 
pezó aquella á caracterizarse con los mismos síntomas 
de la que había, llevado á Alberto Conde á la tumba. 
A instancias de la madre y valiéndose de influencias 
eclesiásticns, se consiguió que el médico de la, ñunilia 
de Peña viese íí la enferma, en compañía del faculta- 
tivo del ílstablocimiento. 

La opinión del médico fué alarmante.— -Cristina 
estil grave, dijo; pero, sn estado no es todavía de 
desesperar. Algunos meses de campo, una, liuena 
alimentación y prolijos cuidados pueden Imcerla res- 
tablecer. 

La madre comunicó á las monjas el dictánicn del 
facultativo, y les dijo que era necesario cumplir 
aquellas prescripciones inmediatamente. La,s monjas 
contestaron que las cumplirían, (pie ellas esta,l)an 
acostumbradas ti mirar enfermas, y que nada lo fal- 
taría 4 Cristina. La señora de Peña dijo, (pie ese 



CRISTINA 



109 



mismo (lia quería sacar á su luja, y que en cuanto ú 
ellas no tenían porque molestarse; pues, yendo Cris- 
tina con ella no liabia necesidad de más cuidados . 

Pero la madre no sabía ó no recordaba lo que es 
un convento. Sacar á una monja! Imposible! Las 
i-egdas de la orden no lo permiten, ni lo permitirán 
jamás. 

— Pero es que el médico ordena que salga mi bija 
al campo, argumentaba la madre casi suplicando. 

— A(]uí nadie ordena, berinana, contestóle la Su- 
periora con sequedad, sino los estatutos de la In-sti- 
tucion, y por consiguieute Sor María de las Mercedes 
no saldrá del convento . 

— Es que si yo no la cuido, se muere la bija de 
mis entrañas, lloraba la pobre madre . 

— Hespetemos hermana, la voluntad de Dios. Sor 
María Mercedes ya no pertenece al mundo. Si el Se- 
ñor la llama á sí es porque la cree digna de entrar 
en su reino . 

— ^Es (pie yo soy su madre! gritó la señora de Pe- 
ña, con acento desgarrador. Soy su madre! y no luí}" 
fuerza en el mundo que separe á la madre déla hija. 

— No blasfeme, hermana, replicó la monja con 
cíúma. Sor María Mercedes no tiene más madre que 
Nuestra Señora Divina, y á ella únicamente debe 
cuenta de sus actos. 

Fueron en vano todos los ruegos de la madre, é 
inútiles todas las influencias que se pusieron en jue- 
go para que se permitiese la salida de Cristina. Y la 
pobre niña seguía agravándose dia por dia sin que 





lio 



CRISTI NA 



ella hiciese nada por contener los avances del mal, 
antes bien facilitándoles el caniino con privaciones 
y vijílias que laestcnuahan. Líi tisis destruía aíiuella 
existencia con golpes certeros (pie la niisiua pacien- 
te no trataba de esquivar. 

Cristina se veía obligada á guardar cama c.asi cons- 
tantemente, imposibilitada de tenerse en pié por la 
extrema debilidad (pie la postraba, luí señora de Pe- 
ña acudía todos los días á la reja del locutoido y se 
pasaba allí largas bonis pidiendo informes del estado 
de su bija. Quería saberlo todo: si había dormido, si 
se alimentaba, si se acordaba de ella. Tms monjas con- 
testaban con monosílabos, como si las fastidiase, la 
insistencia de aquella pobre imulre cuyos sulVímieu- 
tos no alcaiwabaii ellas á comjn’onder en su egoísmo. 

Cierto (lia, al pedii’ por el torno que anuiiciaseu su 
visita, le contestaron que no podían, recibirla. Pidió 
entonces que. avisasen á la Madre Superiora, y ul ca- 
bo de algunos minutos volvió la tornera diciendo 
(pie no estaba visible, y (pie solo admitían visitas 
los Jueves y Domingos. 

La señora de Peña quedó aterrada ante a(puilla ne- 
gativa que la privaba basta del consuelo de estar 
bajo el mismo techo que su bija enfeimia. Aípiel (lia 
permaneció largo tiempo junto á la puerta del con- 
vento, esperando que saliese álgiüen (pie le dijese 
como estaba Cristina. Pero esperó en vano; las puer- 
tas se cerraron al llegar la noche, y la madre, con 
el coraron traspasado de dolor, tuvo (pie retirarse 
sin saber lo que pasaba en la celda de sii bija. 




CRISTINA 



IH 



Desde aquel dia tuvo que resignarse ñ, ir solo dos 
veces por semana á informarse de Cristina y á hablar 
indirectamente con ella por intermedio de las mon- 
jas. Pero ni la enferma recibía las dulces palabras de 
su madre empapadas en llanto como ella se las envia- 
ba, ni la madre oía el acento querido déla liija en las 
contestaciones secas é indiferentes que las monjas le 
llevaban. Aquellas visitas eran desgarradoras para 
la pobre madre que sabía que su hija estaba á pocos 
pasos de ella, sufriendo á solas, sin un cariño, sin un 
consuelo que aliviase sus dolores,. 

Se acercaba el verano con sus vivificantes calores. 
Cristina empezó á levantarse de la cama poco á poco: 
se sentaba en una silla, y alejando á sus enfermeras, 
se extasiaba en la contemplación del retrato de Alber- 
to que conservaba siempre. La fiebre de la enferme- 
dad había enardecido en ella su pasión y vivía, nuís 
que nunca entregada al recuerdo de aquel amor pri- 
mero y único que había hecho palpitar su corazón de 
virgen. 

Al entrar un Jueves la señora de Peña en el locu- 
torio del Convento, no pudo contener un grito de 
alegría al ver tras de la reja 4 Cristina. 

— Acércate, hija inia, le decía con la más cariñosa 
délas entonaciones de una madre; acércate, quiero 
verte, quiero besarte, quiero tenerte entre mis bra- 
zos un minuto siquiera para resacirme de todo el 
tiempo que hace que no te veo. 

Cristina sonrió tristemente, pero no se levantó de 
la silla en que estaba senttida; no podía. Haciendo un 




112 



CRISTINA 



esfuerzo supremo había llegado hasta allí ])ara com- 
placer á su madre, A cuyo cariño volvía al sentir (lue 
la vida se le escapaba, pero aquel esfuerzo la liabía 
postrado á punto de que le era imposible dar un paso . 

Parecía un espectro! La enfermedad había devo- 
rado toda la carne de aquella criatura, y solo (lueda- 
ba de ella el cutis amarillento y opac.o pegado sobre 
los huesos, y los ojos negros, inmensos, humlidos om 
el fondo de las órbitas profundas. 

Cómo sufrió la pobre madre al verla! En el piimer 
transporte, solo había tenido presente (pie estaba iil 
lado de su queiida liija, pero cuando notó su auiiini- 
lamiento, cuando vió (pie no tenia, ni aliento para j 
dar nn paso, se echó ti llorar con amargas bigrimas, 

(pie en vano trataba do contener jiara no revelar 
íi Cristina sus tristes presentimientos. ^ 

Al día siguiente, la señora de Peña recibió una 
carta del médico del convento, en la (pie le decíii ami- 
(pie no estaba autorizado para ello, creía de su deber 
comunicarle que Sor María de las Mercedes estaba 
muy grave. 

Nada más decía la carta, pero aquello bastaba y 
sobraba para hacer adivinar á la madre que se acer- 
caba el triste fin (pie ella presagiaba. A pesiir de la 
prohibición de entrar al convento en otros dias que 
los reglamentarios, la señora de ibiña acudió presu- 
rosanumte á la Santa Casa, y llamó (ui el torno. Aquel 
(lia no le negaron la entrada y penetró en (d. locnto- 
lio donde encontró la Superiora que estaba aguar- 
dándola. 



CRISTINA 



II;; 



— ]\Ii hija! (luiero ver á mi hija! ílié hj primero 
(¡ue dijo al entrar. 

— Kesigiiacioii, heriiuma! le contestó hi monja.— 
Hor iUaria (le las Mercedes se está pneparaiulo para 
((ümparecíir ante su Dios. 

— Pei-o yo (luiero verla, yo (]uiero estar con ella. 
Mi ángel no se puede morir así sin recibir un beso 
(le la madre; sin (pie yo, su ni adre, reciba su último 
beso. 

La monja callaba. 

— Déjenins entrar, continuó la pobre señora hin- 
cada (le rodillas y con las manos en ademan de sú- 
plica. Yo no la hahlaré, no la distraeré de sus ora- 
ciones. . . . Un minuto un minuto nada más. . . 

Déjenme verla. .. . No (íntraré siipiiera á la celda; 
la veré desde la puerta, pero no iim nieguen fse 
favor, es lo único rpie le.s pido. 

— No se puede, hermana, contestó hi monja; es 
inútil todo ruego, poiapie aiiiií nadie puede entrar. 

Ija señora de Peña seguía de rodillas, y llorando 
le suplicalia ála monja; 

— Usted ha tenido madre taiuhien, y sabe cnanto la 
(pieria. Póngase en el caso de (’ristiua y comprcnde- 
i'á cuanto anhelaría su buena imulre estar, á su lado 

para consolarla Voy á verla ¿no es verdad?. . . 

Usted me vá á permitir entrar. . . 

La monja bahía enmudecido y permaneiáa con la 
cabeza baja como para esfpiivar la mirada suplicante 
de a(piella pobre madre (pie sólo pedía ver á, su hija. 

La señora de Peña persistió, instó, intentó coa- 



114 



CKJSTINA 



mover tocias las fibras del corazón de aquella mujer. 
pei'O filé en vano. 

Al llen-ar la norlie tuvo cine retirarse, compelida 
á ello casiluista por la violeucia. Solo cedió ante la 
iimoiuiza de (pu! no se le permitiría entrar al (lia si- 
guiente . 





p 



i 

s 



i 






XIX 



É vrHiihA iiodu', fiK’i para la pobre niadro de 
, (l)Msüua. un lufffo suplicio do ansiedades y 
, dudan. Apíió á sus relaciones á las pro. 
" u- tcíi.toríis de las monjas, y liasta la iii- 
liiunuiade las autoridades (.iclesiáticas ])ara conse- 
fí'uir (lili:! al din, sip,'uiente lo permitiesen ontrai' luista 
la celda de su liija. 

Todos proinetiin'on Imcer en su íavor lo (pie pu- 
diesini, y uliuinada con a(iu(ílla,s promesas, pa-sii la 
señora de, Pinni el i’osto de la noclie en vela, pronta, 
liara salir asi (pie apnutase el dia. 

Amaneció por lin, y la madi'e se echó á la calle,, 
alentada eon la triste esperanza de recojer el último 
beso de su bija moribunda. La madrugada era , serena, 
y risueña, llena de luz y de vida, anunciando uno de 
esos (lias calientes de Ttüiembre (pie convidan al des- 
canso. L1 sol despuntaba ya por sobre las azoteas 
con resplandores auiinmjaclos como si saliese encan- 
dencido de una enorme fragua, y se esparramaba poi' 
todos lados inundando el campo, el mar y la ciudad 
con sus aval a ludias de luz, rpieiban poco á poco acor- 



taudo las sombras (ine proyectaban las casas y los 
■árboles, como eiiseñoreáudose de todo el terreno. 

La alegría se manifestaba en toda.s partes: en el aire 
rasgueado por el caprichoso vuelo de las golondrinas; 
■en el mar, íj,ue brillaba como si luui íiiiisima malla de 
fllagrana argentada lo cubriese; en las calles, pobla- 
dlas ya de transeúntes y de raidos. Y en medio de 
■íwiaella alegría de la natm-aleza, iba la .señora de 
Peña con el eorazou oprimido, saltándosele las lá- 
grimas de lü.s ojos, con el pensamiento fijo en iuiue- 
11a bija (pierida q,ue estaba próxima á perder. 

Cuando llegó al convento, todavía estaban cerva- 
■das las puertas. Eendida por el ' insomnio y la fatiga, 
:se sentó en el umbral de aíprella casa (pie gua,rdaba 
íiu tesoro, y permaneció alli como una pordiosera 
+3sperando el momento en (pie de favor le habían de 
permitir entrar á acompañar á su hija nioributula. 

Una hora después se abrió la puerta, y la pobre 
madre se precipitó en el vestíbulo, llamó al torno, 
,.y al poco rato oyó 'la voz gangosa de la tornera (pie 
preguntaba: ¿Quién es? 

— Soy la madre de Cristina ¡pie vengo á saber- co- 
mo está y á verla. 

— No es hora todavía liermaua, contestó la tornera. 

— Es que para mi no puede haber horas, estando 
mi hija enferma — Tome; entregue esta carta del 
•señor Obispo á la Superiora y estoy segura (j.ue me 
dejará entrar. 

Alejóse la tornera y (predó la señora esperando lle- 
na de ansiedades, haciéndosele horas los minutos. 




l)i% allí á poro, sin darle contestación, abrieron la 
puerta d('.l locutorio , y eneontró tras de la reja <t la 
superiora, (luien le manifestó que Cristina seguía en 
el mismo estado, pero que no podría verla, porque- 
era absolutamente proliibido dar entrada al conven- 
lUas personas profiiuas. Invocó la señora de Peña el 
(■.onsentimiento escrito del Obispo, pero ñ eso con- 
testó la monja (pie anmine respiitaba muebo la auto- 
ridad del Ib'elado, no podía deferir A su pedido por- 
(pie antes (pie nada estaba la regla de la orden,, 
fínica ley á que ella obedecía. 

(¿uedó anonadada la pobre madre ante ¡upiella 
negativa terminante,, pero sin desesperar aún de con- 
seguir sn aúllelo, comenzó á suplicar, bincada de 
rodillas, tratando de lierir las fibras del sentimien- 
to en el corazón de aquella mujer, Pero fné todo en 
vano. Si la monja se enterneció Ante el llanto de la 
madre, no lo dejó traslucir en su semblante ríjido;. 
encuadrado en la toca negra que bacía más duras sus- 
facciones. 

— Pero es una injusticia esto! exclamaba la pobre 
señora, la más atroz tb.', las injusticias, porque si, al- 
gún dereclio liay que nadie pueda (luitar, es el dere- 
(iko de madre. Mi bija no puede morir así en brazos, 
(le extraños, cuando A dos pasos de ella está su madre- 
que reclama cumplir con sus deberes de tal, ya que 
para nada se toma en cuenta el cariño. No puede 
haber ofensa A Dios en permitir que una madre entre 
A la alcoba en que su bija se muere. 

La pobre señora se exaltaba A medida que argii- 




lío 



CRISTINA 



mentaba y en seguida, temiendo que su exaltiicion en- 
ladase á la luonja, volvía á las siqdieas, á b.is lá, gri- 
mas, á la evocación' de los recuerdos que más iludieran 
■enternecer á. aquella mujer insensible al parecer, 

Y enti'etanto las horas transcuiTÍan. La monja se 
retiraba d ratos del loeutoiio dejando sola á la seño- 
i'a de Peiia, que permanecía arrodillada, atonta A to- 
dos los niidos que de adentro lleguliaii como esperan- 
do oír la voz de Cristina. 

En la celda de la moriliunda la escena, no eiu 
niénos conmovedora. Cristina, en el iiltimo estado de 
«extenuación , yacía en el lecho , pálida como un cadáver, 
sin dar más señal de vida que en la mirada., (i, ja. en el f 

techo, abiertos desmesuradamente los ojos como si 
([uisiese ver el más allá á cpie iba. á penetrar en breve. 

Un sacei'dote sentado á la c.iibe(;era recitaba las ora- 
ciones de la agonía, mientras una monja á los pies 
del lecho, recorríaautomáticamente las cuentas enor- 
mes de im rosario, cuchicheando al mismo tiempo 
los rezos. 

Cristina, como volviendo de su coutemplaciou, 
liajó los párpados y con voz apagada mnniuu’ó: 

— Quiei‘0 despedirme de mamá, 

— Olvide esos recuerdos teri-enales, hermana, le 
<lijo el sacerdote en tono de amonestación, y Jije su 
pensamiento en Dios, ánte cuya presencia vá á com- 
parecer. 

— Quiero verá mamá, insistió Cri.stina. Yo sé que 
■está allí, muy cerca de mí. . . yo cpiiero verla. 

El sacerdote continuaha las oraciones, y la monja 





CRISTINA 



m 



«'guía rucori'iiíuilo su rosario, sin coutestar á la en- 
ferma. 

Ki'ii inúdeute. (¡ne se acevea))a la agonía. (Cristi- 
na, indireri'.nte á los rezos, parecía (lue soñalia des- 
pierta, iluminado su simildante con un tinte de gozo, 
íntimo, vagando \)or sus labios lividos una sonrisa 
inefable, como si alcanzase mía diclia suimema. De 
reponte, so di'sabroelió el liábito, metió la mano en 
el seno, sacó el retrato de Alberto, y pegó en él sus 
láliios con un prolongado beso. 

Abalanzáronse sobre la moribunda el sacerdote y 
la monja pura ([uitarleaipiel objeto profano pero Cris- 
tina se asió d(í él con las manos crispadas, defendien- 
do aipml último recuerdo de su amado con la (mergia 
del avaro (|UO deliende su tesoro. 

La lurliaera desgarradora. El sacerdote y la mon- 
ja porliaban por ari.'obataiíe d retrato, amenazándola 
con todas las iras celestiales, y Cristina se resistía, 
apretando aquella imágeu q.uerida contra su pecho. 

Nó, no meló (piiteu! gritaba en su exaltación, 
bis mió, es mi Alberto, mi amor: yo no quiero sepa- 
rarme de éd. Mátenme, pero no me arrebaten á mi 
(pierido. 

Al rui(lo_ de las voces, acudieron otras monjas, y 
y enteradas délo tpre pasaba asediaron á Cristina 
para que, entregase aqud objeto sacrilego que profa- 
naba la santidad dtil claustro. Pero la moribunda no 
entregaba su prenda, y se debatía luebando desespe- 
radamente, apostrofando á las que la estrechaban en 
torno del lecho: 




CRISTINA 



I-’í 



No, . no nio lo quiten; no mo roben ii Alberto! Es 
mío, de nadie más que niio! . . . Ladrones! liidi.’ones... 

Madre querida! . . . madre querida! 

La pobre madre no la oía. Finsteruada en el suelo 
del locutorio, renovaba sus súplic.as e.ada vía (jue 
aparecía tras de las i-ejas alf>'una monja- Notando (],ue 
una de ellas se enteniccia más que las otras auto sus 
ruegos, la asedió eou sus lágrimas, implorándolo t|ue 
le concediese a,quella úni(ui gracia de ver á su liij'a. 

— No puedo, liei'mana., le contestó lo, monja, casi 
en secreto, como tem orosa de que otras la oyesen. 

— Entonces un favoi-, nu solo favor. Vaya á la 
celda de mi bija, déle un beso y dígale que se lo man- I 

da su madre, que está aquí ansiando veida; y vuelva 
berimina, vuelva á decirme lo que mi bija, me c,ontes- ^ 

ta; tráigame su última paJabra. . . so lo pido por lo 
que más b.a,ya querido en este mundo, por ,sn buena 
madre, por sus bermanos 

La monja se retiró ocultando una lágrima, que no 
babía podido contener, y quedó la señora de Peña 
esperando su vuelta con anhelo, con que horas antes 
esperaba que le permitiesen ver á su bij'a. 

Miéutras tanto, Cristina seguía en la lucd.ia., de- 
fendiéndose con la energía que le daban las (vri.spiieio- 
nes de la agonía. La,s monjas rezn,ban oraciones de 
desagravio por la profinacion de aquel recinto sagra- 
do, niiéntras el sacerdote, tomando la manos de la 
.moribunda, pugnaba por desasírsebus para apoderarse 
del objeto sacrilego. Por fin logró arrebartá,rselo . 

Cristina se incoiq)oró en el lecho, estendió los bra- 




CKISTITSr A 



iío.s (iii la (livw'.c.iou (iii (|Uo. llovalia-n á su (|uevi(la reli- 
quia y con un (l(!s<ran'adov, esc.lamó: 

- All)c,rto! 

la vista un c.l saennlotc, llevó las manos á sus 
sienes a, zuladas, y lijó violentamente sobre, las alnio- 
luulas sin liace.r un solo moviiuieuto. 

tól sa,c.(U’(lüt(i se arrodilló, y divigióndose á las 
monja, s que, prese, nc.iabau aquel doloroso cuadro, dijo;' 

■ -ltoi>'ue.inos, hermanas, por el etenio descanso de 
Sor iMaria de, las Mercedes. 




La pobre madre espera, en tanto, la vuelta de la 
monja ¡I quien había confiado la misión de llevar uu 
beso á su hija, y esperaba con el corazón presa de 
mortales ansiedades, atisbando todos los ruidos, si- 
guiendo con la vista todas las sombras que cruzaban 
por el vano de la puerta que daba al claustro, que- 
riendo oir en aquellos ruidos y ver en aquellas som- 
bras algo que le hablase de su Cristrina. 




Oyó paso.í! agutiulüs que iban y veniau 1 )üi' el oiilo- 
'/iido del claustro, creyó percibir im grito iig'iido cuyo 
éco reiieníutió en su alma, y en seguida todo (¡uedó 
en silencio, en un silencio solemne como (¡1 ([nc presi- 
de en todas las desgracias. La señoril, de refui ipiedó 
reeoncentradíi en su doloi-, miriindo lijiimeiite á la 
puertii pox' donde e.speriibii el retorno de lamcusajeríi 
que liíddii de lleviude un íiconto de ciiriüo de su hi.jii. 

Pero ilutes que la mensajera, llegó á sus oiiios el 
tañido destemplado de las campiuuis de la Iglesia, 
<|ue vibró en el silencio con fúnebres iuieutos. Al éco 
de aquoil sonido, la madre despertó como de un sueno, 
.se puso de pié, abalanziíndose á la reja del locutoido, 
y saendiéudola nerviosainexitc con sus nitinos c.n'.spa- 
das poi' el doloi', gritó:- ■ 

— Hija mia! ¡njii del alnui! 



Al diii siguiente, la, Ciipilla del convento em pequeT 
ña piira contener bi conciurencia que inviuliii su es- 
trecliíi nave, renovándose á cada momento. !Poco de 
religioso teníii aquel acto. Las señoras cucbicbciibau 
entre sí luiciendo comentarios sobre el suceso ipie allí 
liLS i'eunííi, y con ese motivo rcniicía lii Inlstoidii de 
los amoi’es de Cristina Peña con Alberto Conde, en- 
riquecida, con mil incideute.s nuevos que la liacían 
má.s dramática y conmovedora. 

Tras (le la reja del ooro, en aquel uiisnio sitio que- 
dos años ilutes liabía aparecido Cristina Pena vestidii 
de novia para liaeerse desposada de Cristo, se veía 




CRISTINA 



H Sor Miiriíi do los Morcodf's, díisciiniiulii y rí- 
íi'idii, ¡K'ostiula. di'iitro de. un torntro, iluniiiiiula por el 
trist(‘. n'splaiidür de, seis e.irios que la rodealmii. 

Ksl,al)a tendida sobre, uii leclio de, llores, no imls* 
libim^as (lue su rostro iit'vado por el trio de la nmerte; 
l().s liibios secos y pálidos, los ojos vidriosos y lijos, 
las Ulanos de, cei'ii cruzadas solm; el pedio inmóvil y 
hundido, c.omo si las sombras del (danstro hubiesen 
seca, do las hondas dc‘. vida (jue, ene,respa el turbión de 
las pasiones, y miiereu en la lú«'ubi'C e,alma del de- 
.seneanto. 

I’obre, niña! iUnrió dti amor, <‘.omo las heroimis de 
los iNimances, La pobre niña e,staba muerta hacía 
tres años, desdo (d dia en (|U(í sapo (pie su prometido 
ya no existía,. A(|iiel dia acabaron para ella todas las 
ilusiones, todos los halagos, todas las afecciones. 
El minn'to mató todos los sentimientos déla mujer, 
(lo la liija, (le laliermana, y ni el ruego de los padres, 
ni las e,ari(das do i, odos los ,s(ú‘es (pieridos cine la ro- 
(hialian, fueron Imstantes á despertar uu síjIo éco 
(le, simpatía á las sñpUc,as (hkí le hacían. En a(iuel 
organismo solo (juedó vivo el (ígoismo (hi la pasión, 
y fmuíse egoísmo (il f[ue llevó á Cristina al edamstro, 
tumha de vivos en la (xae yacen los sóres unos juntos 
si otros, tan indiferentes como yacen los muertos re- 
unidos en mi mismo panteón. 

Allí no ha,y madres (lue snpliciuen, ni hennaiias que 
lloren, ni amigas que consuelen. Allí .solo hay faná- 
ticas por egüisnro ó fanáticas por ignorancia. La pol- 
tronería de linas, él desencanto de otras, y la falta de 



126 



CRISTINA 



inteligencia eu algunas, detei'inina la existencia de 
esas agrupaciones estériles, organismos neutros en 
la lucha poi' la vida, instituciones antihuitianas (jue 
secuestran A la especie séi'os que le serían útiles; al 
propio tiempo fomentan la ruptura de los víiiculüs. 

(pie ligan á la familia, hase única, de la sociedad.' 

Allí se enterró Cjístina, y para concluir c.on el úl- 
timo reato que la emparentaba con el resto do los vi- 
vos, deja á la puerta, del dausti'O el nombre, con que 
i'ecibió la,s piiineras caricias de la madre, (pie le 
cordaba el a(;ento de lo,s consciios paternales, que le 
traía á la memoria la alegre algarabía de sus lun'ma- 

nitas, y ,se llamó Sor María de las Mercedes- ^ppié 

le inipoi'taba el nombre á la (pie dejaba de ser hija, V 

herma, na y amiga? 

Pobre Oristiiia! Pronto .se ari’o.pintió de sn resolu- 
ción al encontrar, so rodeada de ,séros indiferentes, 
para quienes su pasión era un pecado, y su dolor un 
estorbo que iba ú enturbiar la plácida trampiilidad 
en (iue vegetaban atpiellas monjas agenas ú toda con- 
trariedad, feli(ies en la cómoda holgazanería en (pie 
viven, quietas, muy limpias, muy mimo,sas, alimeri- 
túndose con rehuscadas golosina, s y viviendo en un 
ambiente perfumado cmn zaluimerio.s dclicado.s. 

Sor María de las Mercede,s había sido una mu.ier 
inteligente. 8e le recuerda todavía, alegre y risueña, 
en los teatros y, paseos, con sus grandes ojo.s negro, s, 
de eso, s (pie parecen tener tras del círistalino un fooo- 
de luz que hace irradiar destello.^ brillantes que síí 
ven, como se ven los rayos del ,sol A traví^s de los res- 




CRISTINA 



■127 



<lui('.iüK (lo Tina puovta. No la itialzaba una esta- 
timi í>'i!iitil, poro ara ailinimlileinente proporcionada, 
(le eanies redondas y mullidas, el talle esbelto, y el 
seno dibujaba una ¡graciosa curva que moría en el 
arraiKiue de fíarganta blaium y torneada . 

Por aquellos ojos entrl) el filtro misterioso de la 
pasión ¡lue la llevó á la tumba. Era la prometida de 
un joven apuesto, de barba y cabellos negros como 
sus ojos, el rostro moreno y opaco, impresas en él ya 
las linellas de esa temible dolencia que hace despren- 
der la vida del cuerpo en la misma estación en que el 
viento desprende las liojas de lo.s los árboles. Fué á 
los trópicos en busca del calor que jiecesitaba para 
vivir, y ese mismo calor agostó la poca sávia que ali- 
mentaba su débil organismo. 

'Pobre Cristina ! Ni ima lágrima en torno de su le- 
dro de agonia, nina beso que diera calor á sus labios 
fríos por donde la vida se escapaba, ni una mano que 
estrechase la suya en esos instantes supremos en que 
el moribundo se aferra con críspacioues nerviosas á 
todo lo que tiene vida, como húscando amparo contra.. 
, el fantasma de la muerte que pugma por llevar á su 
presa. Alli murió en silencio, sin que el llanto de la 
madre y de las hermanas turbase el misterio de 
la celda. La moribunda no vió á su lado mas que á 
la monja que hacía la guardia, indiferente en su 
egoísmo, contrariada por la alteración de sus hábitos 
cuotidianos, obligada á velar cuando podía estar, co- 
mo las otra, rebujada dentro de sus mullidas frazadas, 
y á la cabecera, el fraile (piie rezongaba sus ora- 




1Í8 



CKISTINA 



dones, y pi'üdigciba los consuelos recitados de coro, 
con la inconscienda con que na mucliaclio repite una 
lección, ag-eno á todo sentimiento, ayudando á bien 
)uorir con la misma indiferencia con que el enterra- 
dor cava la sepultura siii importársele del muerto. 

La moribunda había dejado de respirai'. El ñ'aile 
cerró su breviario, como instrumento inútil ya ; una 
monja entrelazó las manos de la muerta sobre el pe- 
dio, sujetando entre los dedos un cnicilijo, y á la 
madrugada entraron en la celda tudas las habitantes 
del claustro, con paso tácito, curioseando con ávidas 
miradas el lecho en que yacía Sor. María de las Mer- 
cedes — Unas le arregdalian los vestidos, otras le aco- 
modaban la toca, y las demás muy afanadas prepa- 
rando la decoración mortuoria del templo en que 
liabían de velar el cadáver . 

8or María de la Mercedes no había cuidado alta- 
res, ni idolatrado santos ¿Qué le importaba á ella 
de todos aquellos semi-dioses en cuya contemplación 
se extasiaban sus compañeras? Su Dios era su novio 
muerto; su altar ein el recuerdo constante con que 
rodeaba la imágen grabada en su memoria. Ella se 
hizo monja solo para vivir donde nadie interrumpie- 
se sus amorosas cavilaciones. El Cristo con quien 
ella se desposó fiié el recuerdo de su prometido. Aliéu- 
tras las otra,s recitaban tras de las tupidas rujas del 
coi'o sus or’aciones místicas, ella se entregaba al pen- 
samiento del hombre en que halría cifrado sus espe- 
ranzas de felicidad, trinchadas por la mano implaca- 
ble de la muerte. 





0KI3T1NA 



líl) 



Así vivió (liisilc (HUÍ purdió á su novio, y así uuu’i(> 
lija i'.n aiiudlla iíkia, aUog-ados en ella todos los senti- 
mientos, para no alimentar más (pie el de sn pasión.. 
Ni padixí, ni madre, ni lierinanos, ni amigas, ni en- 
cantos, ni aspirac.iomís. Helo en el odanstro podia 
en(;í)ntra.r un rel'iigií.) para seguir viviendo reconcen- 
trada en Sil (íg'oismo, y allí se encerró para vivir con 
otros stórtís como ella, desligado-s de todo vinmüo, de 
toda atecc.iou, de todo eniíanto, (pie no la inportuna- 
sen con súpUc.as, ni la distrajesen con cariños. 

Niicida liai’ti til amor, para los goces de la vida,, 
I Cristina l*eña no podia vivir mi aípiel andiiente de 
indiíere.ncia y egoismo. No pudiendo romper los la- 
Í 50 S (pie la ataban al (danstro, rompió los (pie la vincu- 
laban á la vida, y murió sola sin arrancaren sn torno 
lina lágvinm, ella, que liubiera podido vivir al calor 
de los cariños (pie le ofrecían los seres á quienes es- 
taban ligada por la sangre y por el afecto. 



Ya están inavcliitas las flores que echaron sobre 
sn fosa recien cavada, y esas flores no serán renova- 
das, poripie á la tumba de la monja no pueden Ilegal' 
ni la madre ni las hermanas. 

No quedará- en ella más que su recuerdo en el co- 
razón de las que la amaron, y su sitial vacío entorno 
de la mesa del refectorio, miéntras las otras monjas 
seguirán vegetando en su egoísmo, hasta (lue les lie- 




•130 



CBIS TINA 



glíe el momento ele exlübirse á los ojos de los profa- 
nos, tiesas y rígidas sobre una mesa tapizada de 
flores blancas, como sn rostro nevado por csl trio de 
'la muerte!